Durante la Audiencia General, el Papa León XIV ofreció una profunda catequesis centrada en el misterio de la muerte, abordándolo desde la experiencia humana y la esperanza cristiana que brota de la Resurrección de Cristo.
El Santo Padre señaló que la muerte es, al mismo tiempo, el acontecimiento más natural y el más desconcertante de la existencia humana. Es natural —explicó— porque todo ser vivo muere; pero resulta antinatural porque el deseo profundo de vida y eternidad, inscrito en el corazón humano, hace que la muerte sea percibida como una contradicción y una condena. A diferencia de otras criaturas, el ser humano es consciente de su propia muerte, lo que lo vuelve particularmente vulnerable y, a la vez, abierto a las grandes preguntas sobre el sentido de la vida.
El Papa observó que, mientras las culturas antiguas desarrollaron ritos para honrar y acompañar a los difuntos, en la sociedad contemporánea la muerte tiende a convertirse en un tabú, algo que se evita nombrar o enfrentar. Esta actitud —advirtió— conduce con frecuencia a evasiones existenciales y a una vida superficial, alejada de las preguntas últimas.
En este contexto, el Pontífice recordó la enseñanza de san Alfonso María de Ligorio, quien consideraba la muerte como una auténtica “maestra de vida”. Meditar en ella, afirmó, ayuda a discernir lo esencial, a desprenderse de lo superfluo y a orientar la existencia hacia lo que verdaderamente permanece. Vivir con conciencia de la muerte, añadió, no conduce al miedo, sino a una vida más auténtica y abierta a la eternidad.
El Papa León XIV también advirtió sobre las corrientes antropológicas actuales que prometen una supuesta inmortalidad mediante el progreso tecnológico, enmarcadas en el pensamiento transhumanista. Frente a estas propuestas, cuestionó si una vida prolongada indefinidamente por la ciencia podría garantizar realmente la felicidad y el sentido pleno de la existencia.
En contraste, el Santo Padre subrayó que solo la Resurrección de Cristo ilumina plenamente el misterio de la muerte. Recordando el pasaje del Evangelio de san Lucas —«Era el día de la Preparación y ya estaba amaneciendo el sábado» (Lc 23,54)—, explicó que incluso en la hora más oscura del Calvario ya se vislumbraba la luz de la Pascua. Esa luz, afirmó, revela que la muerte no es el final, sino el paso a la vida eterna.
Finalmente, el Papa destacó que Cristo resucitado precede a la humanidad en el tránsito de la muerte, abriendo el camino hacia la vida plena y definitiva. Gracias a esta certeza, concluyó, el cristiano puede esperar la muerte sin miedo, e incluso —como enseñaba san Francisco de Asís— llamarla “hermana”, con la confianza de que es la puerta hacia la alegría eterna y el encuentro definitivo con Dios.

