Nuestra Señora de la Altagracia: cinco siglos de fe, milagros y devoción en el corazón del pueblo dominicano

by José Medrano
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Cada 21 de enero, la República Dominicana se une en fe para celebrar la solemnidad de Nuestra Señora de la Altagracia, Madre espiritual del pueblo dominicano y Protectora del país. Esta advocación mariana, profundamente arraigada en la historia, la cultura y la religiosidad nacional, constituye uno de los pilares más significativos de la identidad dominicana.

Aunque para los visitantes extranjeros pueda resultar difícil comprender la dimensión de esta devoción, basta recorrer el territorio nacional para percibir su huella: casi no existe iglesia que no tenga su imagen, parroquia que no posea una capilla bajo su advocación, ni familia dominicana que no guarde un testimonio de su intercesión. Incluso su nombre forma parte de la vida cotidiana, pues según datos de la Junta Central Electoral, una de cada trece mujeres dominicanas lleva el nombre de Altagracia.

Una devoción que convoca multitudes

La Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia, en Higüey, es uno de los centros de peregrinación más importantes del Caribe. De acuerdo con datos oficiales, recibe anualmente cerca de 350,000 turistas y más de 800,000 peregrinos, lo que representa alrededor del 10 % de la población nacional. Solo durante la novena de enero del año 2006, se estima que más de 300,000 fieles acudieron al santuario.

El cuadro milagroso

La venerada imagen de la Virgen de la Altagracia es un lienzo de origen español, pintado probablemente en Sevilla entre los años 1500 y 1515, atribuido a la escuela de Alejo Fernández. Ha sido restaurado en cinco ocasiones, la última en 1978, y pertenece al estilo “Belén”, con influencias flamencas propias del siglo XV.

El cuadro expresa visualmente el dogma de la Maternidad Divina, proclamando a María como Madre de Dios, la gracia más alta concedida a un ser humano. Al mismo tiempo, ilustra el misterio de la Virginidad Perpetua, simbolizada por el rayo de luz que atraviesa a María sin dañarla, imagen tomada de antiguos textos patrísticos.

María aparece arrodillada, en actitud contemplativa, invitando al creyente a unirse a la adoración del Niño Jesús. El pesebre se convierte en altar y sepulcro, anticipando el misterio pascual. San José, con una vela encendida, representa el cuidado silencioso y la providencia. Todo el conjunto está cargado de simbolismo bíblico y teológico, con más de sesenta elementos interpretativos.

Un ícono cargado de simbolismo

El cuadro incluye:

  • La estrella de Belén de ocho puntas, símbolo del cielo.

  • Doce estrellas sobre María, que representan a las tribus de Israel y a los apóstoles.

  • El resplandor apocalíptico que la reviste como Reina del Cielo.

  • El azul del manto, signo de la acción divina.

  • El rojo de su túnica, símbolo de su humanidad.

  • La cueva como templo, donde habita Dios.

  • Las grietas del techo, que anuncian un mundo herido que Cristo viene a restaurar.

Una devoción marcada por los milagros

Desde el siglo XVI, los testimonios de favores y milagros atribuidos a la Virgen de la Altagracia han sido incontables. El primer documento histórico que los recoge data de 1569. En 1692 se celebró una misa solemne de acción de gracias tras la protección milagrosa de los combatientes de Higüey y El Seibo en la batalla de La Limonade, hecho que consolidó la fecha del 21 de enero como día festivo nacional.

Hasta hoy, una religiosa permanece diariamente en la basílica para recibir promesas y registrar testimonios de gracias recibidas, confirmando la vigencia de esta devoción en la vida del pueblo dominicano.

La tradición oral y el origen del santuario

La tradición cuenta que un hacendado de Higüey, al no encontrar una imagen de la Virgen para su hija menor, recibió milagrosamente un lienzo de manos de un anciano desconocido. Al llevarlo a casa, la imagen desaparecía repetidamente y era hallada en un naranjo cercano. Ese lugar fue considerado sagrado y allí se construyó el Antiguo Santuario.

Madre del pueblo dominicano

Nuestra Señora de la Altagracia no es solo una advocación mariana; es el corazón espiritual del pueblo dominicano. Desde hace más de cinco siglos, “Tatica”, como cariñosamente la llaman, acompaña, protege e intercede por su pueblo, convirtiéndose en signo de fe, esperanza y unidad nacional.

Cada 21 de enero, la República Dominicana renueva su confianza en aquella que, con ternura maternal, sigue señalando a su Hijo y conduciendo a su pueblo hacia Dios.

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