{"id":13450,"date":"2018-06-08T01:00:23","date_gmt":"2018-06-08T05:30:23","guid":{"rendered":"https:\/\/www.diariocatolico.org\/?p=13450"},"modified":"2026-04-17T15:04:07","modified_gmt":"2026-04-17T15:04:07","slug":"13450","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/2018\/06\/08\/13450\/","title":{"rendered":""},"content":{"rendered":"<p><span class=\"art_titulo\">El Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas<\/span><\/p>\n<div id=\"articulo\">\n<p><span class=\"art_descripcion\">Adoramos el Coraz\u00f3n de Cristo porque es el coraz\u00f3n del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho Hombre. Viernes 3 de junio de 2016<\/span><\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/imagenes.catholic.net\/imagenes_db\/7f29aa_corazondejesus.jpg\" \/><\/p>\n<div id=\"art_texto\" align=\"justify\">\n<p><strong>Una devoci\u00f3n permanente y actual\u00a0<\/strong><\/p>\n<p>La Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas el viernes posterior al II domingo de pentecost\u00e9s. Todo el mes de junio est\u00e1, de alg\u00fan modo, dedicado por la piedad cristiana al Coraz\u00f3n de Cristo.<\/p>\n<p>Hay quien podr\u00eda pensar que la devoci\u00f3n al Sagrado Coraz\u00f3n es algo trasnochado, propio de otras \u00e9pocas, pero ya superado en el momento actual. Sin embargo, el Papa Juan Pablo II, en la carta entregada al Prep\u00f3sito General de la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas, P. Kolvenbach, en la Capilla de San Claudio de la Colombi\u00e8re, el 5 de octubre de 1986, en Paray-le-Monial, animaba a los Jesuitas a impulsar esta devoci\u00f3n:<\/p>\n<p>&#8220;S\u00e9 con cu\u00e1nta generosidad la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas ha acogido esta admirable misi\u00f3n y con cu\u00e1nto ardor ha buscado cumplirla lo mejor posible en el curso de estos tres \u00faltimos siglos: ahora bien, yo deseo, en esta ocasi\u00f3n solemne, exhortar a todos los miembros de la Compa\u00f1\u00eda a que promuevan con mayor celo a\u00fan esta devoci\u00f3n que corresponde m\u00e1s que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo&#8221;.<\/p>\n<p>Esta exhortaci\u00f3n a promover con mayor celo a\u00fan esta devoci\u00f3n que corresponde m\u00e1s que nunca a las esperanzas de nuestro tiempo, se fundamenta, seg\u00fan el pensamiento del Papa, en dos motivos, principalmente:<\/p>\n<p>1) Los elementos esenciales de esta devoci\u00f3n &#8220;pertenecen de manera permanente a la espiritualidad propia de la Iglesia a lo largo de toda la historia&#8221;, pues, desde siempre, la Iglesia ha visto en el Coraz\u00f3n de Cristo, del cual brot\u00f3 sangre y agua, el s\u00edmbolo de los sacramentos que constituyen la Iglesia; y, adem\u00e1s, los Santos Padres han visto en el Coraz\u00f3n del Verbo encarnado &#8220;el comienzo de toda la obra de nuestra salvaci\u00f3n, fruto del amor del Divino Redentor del que este Coraz\u00f3n traspasado es un s\u00edmbolo particularmente expresivo&#8221;.<\/p>\n<p>2) Tal como afirma el Vaticano II, el mensaje de Cristo, el Verbo encarnado, que nos am\u00f3 &#8220;con coraz\u00f3n de hombre&#8221;, lejos de empeque\u00f1ecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el progreso humano y, fuera de \u00c9l, nada puede llenar el coraz\u00f3n del hombre (cf Gaudium et spes, 21). Es decir, junto al Coraz\u00f3n de Cristo, &#8220;el coraz\u00f3n del hombre aprende a conocer el sentido de su vida y de su destino&#8221;.<\/p>\n<p>Se trata, por consiguiente, de una devoci\u00f3n a la vez permanente y actual.<\/p>\n<p>Esta exhortaci\u00f3n de Juan Pablo II enlaza con la ense\u00f1anza de sus predecesores. Como es sabido, existe un rico magisterio pontificio dedicado a explicar los fundamentos y a promover la devoci\u00f3n al Coraz\u00f3n de Jes\u00fas: desde las enc\u00edclica \u201cAnnum Sacrum\u201d y &#8220;Tametsi futura&#8221;, de Le\u00f3n XIII; pasando por &#8220;Quas primas&#8221; y &#8220;Miserentissimus Redemptor&#8221;, de P\u00edo XI; hasta &#8220;Summi Pontificatus&#8221; y &#8220;Haurietis aquas&#8221;, del Papa P\u00edo XII. Igualmente, Pablo VI dirigi\u00f3 en 1965 una Carta Apost\u00f3lica a los Obispos del orbe cat\u00f3lico, &#8220;Investigabiles divitias&#8221;. En ella animaba a:<\/p>\n<p>&#8220;actuar de forma que el culto al Sagrado Coraz\u00f3n, que &#8211; lo decimos con dolor &#8211; se ha debilitado en algunos, florezca cada d\u00eda m\u00e1s y sea considerado y reconocido por todos como una forma noble y digna de esa verdadera piedad hacia Cristo, que en nuestro tiempo, por obra del Concilio Vaticano II especialmente, se viene insistentemente pidiendo&#8230;&#8221;<\/p>\n<p>Al honrar el coraz\u00f3n de Jes\u00fas, la Iglesia venera y adora, en palabras de P\u00edo XII, &#8220;el s\u00edmbolo y casi la expresi\u00f3n de la caridad divina&#8221; . Poco despu\u00e9s del Gran Jubileo de los 2000 a\u00f1os del nacimiento de Jesucristo, meditar sobre la devoci\u00f3n al Coraz\u00f3n de Jes\u00fas es un medio propicio para secundar la iniciativa del Papa que nos invitaba a contemplar el acontecimiento de la Encarnaci\u00f3n del Hijo de Dios, misterio de salvaci\u00f3n para todo el g\u00e9nero humano.<\/p>\n<p><strong>El fundamento del culto al Coraz\u00f3n de Jes\u00fas: la Encarnaci\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p>El fundamento del culto al Coraz\u00f3n de Jes\u00fas lo encontramos precisamente en el misterio de la Encarnaci\u00f3n del Verbo, quien, siendo &#8220;consustancial al Padre&#8221;, &#8220;por nosotros los hombres y por nuestra salvaci\u00f3n baj\u00f3 del cielo, y por obra del Esp\u00edritu Santo se encarn\u00f3 de Mar\u00eda, la Virgen, y se hizo hombre&#8221;.<\/p>\n<p>Adoramos el Coraz\u00f3n de Cristo porque es el coraz\u00f3n del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre, de la Segunda Persona de la Sant\u00edsima Trinidad que, sin dejar de ser Dios, asumi\u00f3 una naturaleza humana para realizar nuestra salvaci\u00f3n. El Coraz\u00f3n de Jes\u00fas es un coraz\u00f3n humano que simboliza el amor divino. La humanidad sant\u00edsima de Nuestro Redentor, unida hipost\u00e1ticamente a la Persona del Verbo, se convierte as\u00ed para nosotros en manifestaci\u00f3n del amor de Dios. S\u00f3lo el amor inefable de Dios explica la locura divina de la Encarnaci\u00f3n: &#8220;tanto am\u00f3 Dios al mundo que entreg\u00f3 a su Hijo unig\u00e9nito, para que el que crea en \u00e9l no muera, sino que tenga la vida eterna&#8221; (Jn 3, 16). Es el misterio de la condescendencia divina, del anonadamiento de Aquel que &#8220;a pesar de su condici\u00f3n divina, no hizo alarde de su categor\u00eda de Dios; al contrario, se despoj\u00f3 de su rango y tom\u00f3 la condici\u00f3n de esclavo, pasando por uno de tantos. Y as\u00ed, actuando como un hombre cualquiera, se rebaj\u00f3 hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz&#8221; (Flp 2, 6 ss).<\/p>\n<p><strong>El Coraz\u00f3n de Cristo transparenta el amor del Padre<\/strong><\/p>\n<p>En la vida de Jesucristo se transparenta el amor del Padre: &#8220;Quien me ve a m\u00ed, ve al Padre&#8221; (Jn 14, 9): &#8220;\u00c9l, con su presencia y manifestaci\u00f3n, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrecci\u00f3n, con el env\u00edo del Esp\u00edritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelaci\u00f3n y la confirma con testimonio divino&#8230;&#8221; (\u201cDei Verbum\u201d, 4).<\/p>\n<p>Toda su existencia terrena remite al misterio de un Dios que es Amor, comuni\u00f3n de Amor, Trinidad de Personas unidas por el rec\u00edproco amor, que nos invita a entrar en la intimidad de su vida.<\/p>\n<p><strong>La ternura de Jes\u00fas<\/strong><\/p>\n<p>El Evangelio deja constancia de la ternura de Jes\u00fas. \u00c9l es &#8220;manso y humilde de coraz\u00f3n&#8221;. Es compasivo con las necesidades de los hombres, sensible a sus sufrimientos. Su amor privilegia a los enfermos, a los pobres, a los que padecen necesidad, pues &#8220;no tienen necesidad de m\u00e9dico los sanos, sino los enfermos&#8221;.<\/p>\n<p>La par\u00e1bola del hijo pr\u00f3digo resume muy bien su ense\u00f1anza acerca de la misericordia de Dios. El Se\u00f1or, con su actitud de acogida con respecto a los pecadores, da testimonio del Padre, que es &#8220;rico en misericordia&#8221; y est\u00e1 dispuesto a perdonar siempre al hijo que sabe reconocerse culpable. &#8220;S\u00f3lo el coraz\u00f3n de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, ha podido revelarnos el abismo de su misericordia de una manera a la vez tan sencilla y tan bella&#8221; (Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica, 1439).<\/p>\n<p>La par\u00e1bola del hijo pr\u00f3digo es, a la vez, una profunda ense\u00f1anza acerca de la condici\u00f3n humana. El hombre corre el riesgo de olvidarse del amor de Dios y de optar por una libertad ilusoria. Por el pecado se aleja de la casa del Padre, donde era querido y apreciado, para ir a vivir entre extra\u00f1os. El mal seduce prometiendo una felicidad a corto plazo. El hombre sigue as\u00ed un camino que lleva a la esclavitud y a la humillaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Nuestra \u00e9poca constituye un testimonio claro de este enga\u00f1o. Vivimos en una cultura que margina positivamente lo religioso, que, dejando a Dios de lado, prefiere rendir culto a los \u00eddolos falsos del poder, del placer ego\u00edsta, del dinero f\u00e1cil.<\/p>\n<p>Es importante &#8211; lo recordaba el Papa &#8211; ayudar a descubrir en la propia alma la &#8220;nostalgia de Dios&#8221;. En el fondo de todo hombre resuena una llamada del Amor; una llamada que no debe ser deso\u00edda. Quiz\u00e1 el ruido externo no permite captarla y por eso es urgente crear espacios que no ahoguen la dimensi\u00f3n espiritual que todo ser humano posee en tanto que creado por Dios y llamado a la comuni\u00f3n de vida con \u00c9l.<\/p>\n<p>Nuestras iglesias, nuestras comunidades, pueden ser uno de estos espacios propicios para escuchar la brisa en la que Dios se manifiesta. Al entrar en una iglesia, el hombre de nuestro tiempo debe tener a\u00fan la posibilidad de preguntarse sobre el motivo que anima a quienes la frecuentan. La vida de los cristianos debe ser para todos un indicador que apunta hacia Dios, una se\u00f1al de que por encima de todo est\u00e1 \u00c9l.<\/p>\n<p><strong>El misterio de la Cruz<\/strong><\/p>\n<p>&#8220;Con amor eterno nos ha amado Dios; por eso, al ser elevado sobre la tierra, nos ha atra\u00eddo hacia su coraz\u00f3n, compadeci\u00e9ndose de nosotros&#8221; (Ant\u00edfona 1 de las I V\u00edsperas del Sagrado Coraz\u00f3n).<\/p>\n<p>La Cruz del Se\u00f1or es el momento supremo de la manifestaci\u00f3n de su inmenso amor al Padre en favor nuestro. El Se\u00f1or nos &#8220;am\u00f3 hasta el extremo&#8221;(Jn 13,1), ya que &#8220;nadie tiene un amor m\u00e1s grande que el que da la vida por sus amigos&#8221; (Jn 15, 13).<\/p>\n<p>Su Coraz\u00f3n es un coraz\u00f3n traspasado a causa de nuestros pecados y por nuestra salvaci\u00f3n. Un coraz\u00f3n que nos ama personalmente a cada uno. Toda la humanidad est\u00e1 incluida en ese coraz\u00f3n infinitamente dilatado. Ya nadie puede sentirse solo o desamparado, pues al ser amado por Cristo es amado por Dios.<\/p>\n<p>No hay fronteras ni l\u00edmites que contengan el alcance de la redenci\u00f3n: \u00c9l se ha puesto en nuestro lugar, ha cargado con todo el pecado y la culpa de la humanidad, para expiar con su muerte nuestro alejamiento de Dios. \u00c9l es el Cordero Inmaculado que con su entrega obediente repara nuestra desobediencia.<\/p>\n<p>En el sufrimiento y en la muerte, &#8220;su humanidad se convierte en el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvaci\u00f3n de los hombres. De hecho, \u00c9l ha aceptado libremente su pasi\u00f3n y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: `Nadie me quita la vida, sino que yo la doy voluntariamente\u00b4 (Jn 10, 18)&#8221; (Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica, 609) .<\/p>\n<p>En la Cruz se expresa la &#8220;riqueza insondable que es Cristo&#8221;. En la Cruz se comprende &#8220;lo que trasciende toda filosof\u00eda&#8221;: el amor cristiano, un amor que, muriendo, da la vida.<\/p>\n<p><strong>Una inagotable abundancia de gracia<\/strong><\/p>\n<p>En la oraci\u00f3n colecta de la Misa del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Coraz\u00f3n de su Unig\u00e9nito &#8220;una inagotable abundancia de gracia&#8221;. Del Coraz\u00f3n traspasado de Cristo muerto en la Cruz brotan el agua y la sangre, dando nacimiento a la Iglesia y a los sacramentos de la Iglesia.<\/p>\n<p>La Iglesia, Esposa de Cristo, es hoy presencia viva en el mundo del amor compasivo de Dios. A imagen de su Se\u00f1or, la Iglesia debe hacerse obediente hasta la muerte, sirviendo a los hombres para que puedan &#8220;acercarse al coraz\u00f3n abierto del Salvador&#8221; y &#8220;beber con gozo de la fuente de la salvaci\u00f3n&#8221;.<\/p>\n<p>El motor que mueve a la Iglesia no es otro que el amor. Lo expres\u00f3 bellamente Teresa de Lisieux en sus \u201cManuscritos autobiogr\u00e1ficos\u201d:<\/p>\n<p>&#8220;Comprend\u00ed que la Iglesia ten\u00eda un coraz\u00f3n, un coraz\u00f3n ardiente de Amor. Comprend\u00ed que s\u00f3lo el Amor impulsa a la acci\u00f3n a los miembros de la Iglesia y que, apagado este Amor, los Ap\u00f3stoles ya no habr\u00edan anunciado el Evangelio, los M\u00e1rtires ya no habr\u00edan vertido su sangre&#8230; Comprend\u00ed que el Amor abrazaba en s\u00ed todas las vocaciones, que el Amor era todo, que se extend\u00eda a todos los tiempos y a todos los lugares&#8230; en una palabra, que el Amor es eterno&#8221; (\u201cManuscritos autobiogr\u00e1ficos\u201d, B 3v).<\/p>\n<p><strong>Los sacramentos<\/strong><\/p>\n<p>Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a trav\u00e9s de los cuales nos llega la vida nueva de la redenci\u00f3n.<\/p>\n<p>El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia \u00c9l como meta de nuestra existencia por la esperanza.<\/p>\n<p>Dios es el que nos otorga, por pura gracia, la posibilidad de amarle sobre todas las cosas y de amar a los hermanos por amor a \u00c9l. Si somos d\u00f3ciles y no obstaculizamos la acci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, la caridad ir\u00e1 poco a poco informando nuestra vida, anim\u00e1ndola con un principio nuevo que unificar\u00e1 nuestra acci\u00f3n, a fin de que nuestro coraz\u00f3n se vaya asimilando progresivamente al de Cristo.<\/p>\n<p>De este modo ser\u00e1 un coraz\u00f3n engrandecido en el que todos tendr\u00e1n cabida, pues nos doler\u00e1n las almas y desearemos ardientemente que todos conozcan el amor de Dios.<\/p>\n<p>La Eucarist\u00eda nos alimenta con el pan de la inmortalidad. Dentro de poco celebraremos la Solemnidad del Corpus Christi. En este &#8220;sacramento admirable&#8221; el Se\u00f1or quiso dejarnos el &#8220;memorial de su Pasi\u00f3n&#8221;. La Eucarist\u00eda es una muestra excelsa de los &#8220;beneficios del amor de Dios para con nosotros&#8221;. El Se\u00f1or quiso dejarnos esta prueba de su amor, quiso quedarse con nosotros, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, para hacernos part\u00edcipes de su Pascua.<\/p>\n<p>La Penitencia renueva nuestra alma para que podamos presentarnos ante Dios, cuando \u00c9l nos llame, limpios de nuestros pecados. Igualmente, el sacerdocio es un don del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas.<\/p>\n<p><strong>El env\u00edo del Esp\u00edritu Santo<\/strong><\/p>\n<p>Acerqu\u00e9monos al Coraz\u00f3n de Cristo. Respondamos con amor al Amor. Que nuestra vida sea un homenaje &#8211; callado y humilde &#8211; de amor y de cumplida reparaci\u00f3n. &#8220;Quiero gastarme s\u00f3lo por tu Amor&#8221;, escrib\u00eda Santa Teresita del Ni\u00f1o Jes\u00fas.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n nosotros le pedimos al Se\u00f1or la gracia de corresponder &#8211; en la medida de nuestras pobres fuerzas &#8211; a su infinita compasi\u00f3n para con el mundo. Se\u00f1or, \u00a1qu\u00e9 nos gastemos s\u00f3lo por tu Amor&#8221;. Qu\u00e9 prendamos en las almas el fuego de tu Amor.<\/p>\n<p>La primera se\u00f1al del amor del Salvador es la misi\u00f3n del Esp\u00edritu Santo a los disc\u00edpulos, despu\u00e9s de la Ascensi\u00f3n del Se\u00f1or al cielo, recuerda P\u00edo XII (\u201cHaurietis aquas\u201d, 23). El Esp\u00edritu Santo es el Amor mutuo personal por el que el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, y es enviado por ambos para infundir en el alma de los disc\u00edpulos la abundancia de la caridad divina. Esta infusi\u00f3n de la caridad divina brota tambi\u00e9n del Coraz\u00f3n del Salvador, en el cual &#8220;est\u00e1n encerrados todos los tesoros de la sabidur\u00eda y de la ciencia&#8221; (Col 2, 3).<\/p>\n<p>Al Esp\u00edritu Santo se debe el nacimiento de la Iglesia y su admirable propagaci\u00f3n. Este amor divino, don del Coraz\u00f3n de Cristo y de su Esp\u00edritu, es el que dio a los ap\u00f3stoles y a los m\u00e1rtires la fortaleza para predicar la verdad y testimoniarla con su sangre.<\/p>\n<p>A este amor divino, que redunda del Coraz\u00f3n del Verbo encarnado y se difunde por obra del Esp\u00edritu Santo en las almas de los creyentes, San Pablo enton\u00f3 aquel himno que ensalza el triunfo de Cristo y el de los miembros de su Cuerpo: &#8220;\u00bfQui\u00e9n podr\u00e1 separarnos del amor de Cristo? \u00bfLa tribulaci\u00f3n?, \u00bfla angustia?, \u00bfel hambre?, \u00bfla desnudez?, \u00bfel riesgo?, \u00bfla persecuci\u00f3n?, \u00bfla espada?&#8230; Mas en todas estas cosas triunfamos soberanamente por obra de Aquel que nos am\u00f3. Porque estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni \u00e1ngeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni poder\u00edos, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna ser\u00e1 capaz de apartarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo nuestro Se\u00f1or&#8221; (Rm 8, 35.37-39).<\/p>\n<p>El Esp\u00edritu Santo nos ayudar\u00e1 a conocer \u00edntimamente al Se\u00f1or y a descubrir, junto al Coraz\u00f3n de Cristo, el sentido verdadero de nuestra vida, a comprender el valor de la vida verdaderamente cristiana, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al pr\u00f3jimo. &#8220;As\u00ed &#8211; como ped\u00eda el Papa Juan Pablo II &#8211; sobre las ruinas acumuladas del odio y la violencia, se podr\u00e1 construir la tan deseada civilizaci\u00f3n del amor, el reino del Coraz\u00f3n de Cristo&#8221; (Carta al P. Kolvenbach).<\/p>\n<p>Comentarios al autor en (Catecismo de la Iglesia Cat\u00f3lica, 609) .<\/p>\n<p>En la Cruz se expresa la\u00a0<strong>Una inagotable abundancia de gracia<\/strong><\/p>\n<p>En la oraci\u00f3n colecta de la Misa del Coraz\u00f3n de Jes\u00fas se pide a Dios todopoderoso que, al recordar los beneficios de su amor para con nosotros, nos conceda recibir de la fuente divina del Coraz\u00f3n de su Unig\u00e9nito &#8220;<strong>Los sacramentos<\/strong><\/p>\n<p>Los sacramentos que edifican la Iglesia son los cauces de gracia a trav\u00e9s de los cuales nos llega la vida nueva de la redenci\u00f3n.<\/p>\n<p>El agua del bautismo nos purifica y nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. Dios infunde en nuestra alma las virtudes teologales para que podamos conocerle por la fe, amarle por la caridad, tender hacia la esperanza.<\/p>\n<p><span class=\"art_autor\">\u00a0Fuente: <a href=\"http:\/\/es.catholic.net\/op\/articulos\/18202\/el-sagrado-corazn-de-jess.html\">Catholic.net\u00a0<\/a><\/span><\/p>\n<\/div>\n<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas Adoramos el Coraz\u00f3n de Cristo porque es el coraz\u00f3n del&hellip;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":13451,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"content-type":"","_lmt_disableupdate":"","_lmt_disable":"","footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-13450","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized"],"jetpack_featured_media_url":"","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/13450","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=13450"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/13450\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=13450"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=13450"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=13450"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}