{"id":58284,"date":"2020-06-01T11:15:17","date_gmt":"2020-06-01T15:45:17","guid":{"rendered":"https:\/\/www.diariocatolico.org\/?p=58284"},"modified":"2026-04-17T15:04:38","modified_gmt":"2026-04-17T15:04:38","slug":"carta-del-santo-padre-francisco-a-los-sacerdotes-de-la-diocesis-de-roma","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/2020\/06\/01\/carta-del-santo-padre-francisco-a-los-sacerdotes-de-la-diocesis-de-roma\/","title":{"rendered":"CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS SACERDOTES DE LA DI\u00d3CESIS DE ROMA"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: left;\"><strong>CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS SACERDOTES DE LA DI\u00d3CESIS DE ROMA<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\nQueridos hermanos:<br \/>\nEn este tiempo pascual pensaba encontrarlos y celebrar juntos la Misa Crismal. Al no ser posible una celebraci\u00f3n de car\u00e1cter diocesano, les escribo esta carta. La nueva fase que comenzamos nos pide sabidur\u00eda, previsi\u00f3n y cuidado com\u00fan de manera que todos los esfuerzos y sacrificios hasta ahora realizados no sean en vano.<!--more--><\/p>\n<p style=\"text-align: left;\">\nDurante este tiempo de pandemia muchos de ustedes me compartieron, por correo electr\u00f3nico o tel\u00e9fono, lo que significaba esta imprevista y desconcertante situaci\u00f3n. As\u00ed, sin poder salir y tomar contacto directo, me permitieron conocer \u201cde primera mano\u201d lo que viv\u00edan. Este intercambio aliment\u00f3 mi oraci\u00f3n, en muchas situaciones para agradecer el testimonio valiente y generoso que recib\u00eda de ustedes; en otras, era la s\u00faplica y la intercesi\u00f3n confiada en el Se\u00f1or que siempre tiende su mano (cf. Mt 14,31). Si bien era necesario mantener el distanciamiento social, esto no impidi\u00f3 reforzar el sentido de pertenencia, de comuni\u00f3n y de misi\u00f3n que nos ayud\u00f3 a que la caridad, principalmente con aquellas personas y comunidades m\u00e1s desamparadas, no fuera puesta en cuarentena. Pude constatar, en esos di\u00e1logos sinceros, c\u00f3mo la necesaria distancia no era sin\u00f3nimo de repliegue o ensimismamiento que anestesia, adormenta o apaga la misi\u00f3n.<br \/>\nAnimado por estos intercambios, les escribo porque quiero estar m\u00e1s cerca de ustedes para acompa\u00f1ar, compartir y confirmar vuestro camino. La esperanza tambi\u00e9n depende de nosotros y exige que nos ayudemos a mantenerla viva y operante; esa esperanza contagiosa que se nutre y fortalece en el encuentro con los dem\u00e1s y que, como don y tarea, se nos regala para construir esa nueva \u201cnormalidad\u201d que tanto deseamos.<br \/>\nLes escribo mirando a la primera comunidad apost\u00f3lica que tambi\u00e9n vivi\u00f3 momentos de confinamiento, aislamiento, miedo e incertidumbre. Pasaron cincuenta d\u00edas entre la inamovilidad, el encierro y el anuncio incipiente que cambiar\u00eda para siempre sus vidas. Los disc\u00edpulos, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban por temor, fueron sorprendidos por Jes\u00fas que \u00abponi\u00e9ndose en medio de ellos, les dijo: \u201c\u00a1La paz est\u00e9 con ustedes!\u201d. Mientras dec\u00eda esto, les mostr\u00f3 sus manos y su costado. Los disc\u00edpulos se llenaron de alegr\u00eda cuando vieron al Se\u00f1or. Jes\u00fas les dijo de nuevo: \u201c\u00a1La paz est\u00e9 con ustedes!\u201d Como el Padre me envi\u00f3 a m\u00ed, yo tambi\u00e9n los env\u00edo a ustedes\u00bb. Al decirles esto, sopl\u00f3 sobre ellos y a\u00f1adi\u00f3: \u201cReciban al Esp\u00edritu Santo\u201d\u00bb (Jn 20,19-22). \u00a1Que tambi\u00e9n nosotros nos dejemos sorprender!<br \/>\n\u00abEstando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los disc\u00edpulos, por temor\u00bb (Jn 20,19).<br \/>\nHoy, como ayer, sentimos que \u00abel gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son tambi\u00e9n gozo y esperanza, tristeza y angustia de los disc\u00edpulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su coraz\u00f3n\u00bb (Const. past. Gaudium et Spes, 1). \u00a1Cu\u00e1nto sabemos de esto! Todos hemos o\u00eddo los n\u00fameros y porcentajes que d\u00eda a d\u00eda nos asaltaban y palpamos el dolor de nuestro pueblo. Lo que llegaba no eran datos lejanos: las estad\u00edsticas ten\u00edan nombres, rostros, historias compartidas. Como comunidad presbiteral no fuimos ajenos ni balconeamos esta realidad y, empapados por la tormenta que golpea, ustedes se las ingeniaron para estar presentes y acompa\u00f1ar a vuestras comunidades: vieron venir el lobo y no huyeron ni abandonaron el reba\u00f1o (cf. Jn 10,12-13).<br \/>\nSufrimos la p\u00e9rdida repentina de familiares, vecinos, amigos, parroquianos, confesores, referentes de nuestra fe. Pudimos mirar el rostro desconsolado de quienes no pudieron acompa\u00f1ar y despedirse de los suyos en sus \u00faltimas horas. Vimos el sufrimiento y la impotencia de los trabajadores de la salud que, extenuados, se desgastaban en interminables jornadas de trabajo preocupados por atender tantas demandas. Todos sentimos la inseguridad y el miedo de trabajadores y voluntarios que se expusieron diariamente para que los servicios esenciales fueran mantenidos; y tambi\u00e9n para acompa\u00f1ar y cuidar a quienes, por su exclusi\u00f3n y vulnerabilidad, sufr\u00edan a\u00fan m\u00e1s las consecuencias de esta pandemia. Escuchamos y vimos las dificultades y aprietos del confinamiento social: la soledad y el aislamiento principalmente de los ancianos; la ansiedad, la angustia y la sensaci\u00f3n de desprotecci\u00f3n ante la incertidumbre laboral y habitacional; la violencia y el desgaste en las relaciones. El miedo ancestral a contaminarse volv\u00eda a golpear con fuerza. Compartimos tambi\u00e9n las angustiantes preocupaciones de familias enteras que no saben c\u00f3mo enfrentar\u00e1n \u201cla olla\u201d la pr\u00f3xima semana.<br \/>\nEstuvimos en contacto con nuestra propia vulnerabilidad e impotencia. Como el horno pone a prueba los vasos del alfarero, as\u00ed fuimos probados (cf. Si 27,5). Zarandeados por todo lo que sucede, palpamos de forma exponencial la precariedad de nuestras vidas y compromisos apost\u00f3licos. Lo imprevisible de la situaci\u00f3n dej\u00f3 al descubierto nuestra incapacidad para convivir y confrontarnos con lo desconocido, con lo que no podemos gobernar ni controlar y, como todos, nos sentimos confundidos, asustados, desprotegidos. Tambi\u00e9n vivimos ese sano y necesario enojo que nos impulsa a no bajar los brazos contra las injusticias y nos recuerda que fuimos so\u00f1ados para la Vida. Al igual que Nicodemo, en la noche, sorprendidos porque \u00abel viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de d\u00f3nde viene ni ad\u00f3nde va\u00bb, nos preguntamos: \u00ab\u00bfC\u00f3mo puede suceder eso?\u00bb; y Jes\u00fas nos respondi\u00f3: \u00ab\u00bfT\u00fa eres maestro en Israel, y no lo entiendes?\u00bb (cf. Jn 3,8-10).<br \/>\nLa complejidad de lo que se deb\u00eda enfrentar no aceptaba respuestas casu\u00edsticas ni de manual; ped\u00eda mucho m\u00e1s que f\u00e1ciles exhortaciones o discursos edificantes incapaces de arraigar y asumir conscientemente todo lo que nos reclamaba la vida concreta. El dolor de nuestro pueblo nos dol\u00eda, sus incertidumbres nos golpeaban, nuestra fragilidad com\u00fan nos despojaba de toda falsa complacencia idealista o espiritualista, as\u00ed como de todo intento de fuga puritana. Nadie es ajeno a todo lo que sucede. Podemos decir que vivimos comunitariamente la hora del llanto del Se\u00f1or: lloramos ante la tumba del amigo L\u00e1zaro<br \/>\n(cf. Jn 11,35), ante la cerraz\u00f3n de su pueblo (cf. Lc 13,14; 19,41), en la noche oscura de Getseman\u00ed (cf. Mc 14,32-42; Lc 22,44). Es la hora tambi\u00e9n del llanto del disc\u00edpulo ante el misterio de la Cruz y del mal que afecta a tantos inocentes. Es el llanto amargo de Pedro ante la negaci\u00f3n (cf. Lc 22,62), el de Mar\u00eda Magdalena ante el sepulcro (cf. Jn 20,11).<br \/>\nSabemos que en tales circunstancias no es f\u00e1cil encontrar el camino a seguir, ni tampoco faltar\u00e1n las voces que dir\u00e1n todo lo que se podr\u00eda haber hecho ante esta realidad altamente desconocida. Nuestros modos habituales de relacionarnos, organizar, celebrar, rezar, convocar e incluso afrontar los conflictos fueron alterados y cuestionados por una presencia invisible que transform\u00f3 nuestra cotidianeidad en desdicha. No se trata solamente de un hecho individual, familiar, de un determinado grupo social o de un pa\u00eds. Las caracter\u00edsticas del virus hacen que las l\u00f3gicas con las que est\u00e1bamos acostumbrados a dividir o clasificar la realidad desaparezcan. La pandemia no conoce de adjetivos ni fronteras y nadie puede pensar en arregl\u00e1rselas solo. Todos estamos afectados e implicados.<br \/>\nLa narrativa de una sociedad profil\u00e1ctica, imperturbable y siempre dispuesta al consumo indefinido fue puesta en cuesti\u00f3n develando la falta de inmunidad cultural y espiritual ante los conflictos. Un sinf\u00edn de nuevos y viejos interrogantes y problem\u00e1ticas \u2014que muchas regiones cre\u00edan superados o los consideraban cosas del pasado\u2014 coparon el horizonte y la atenci\u00f3n. Preguntas que no se responder\u00e1n simplemente con la reapertura de las distintas actividades, sino que ser\u00e1 imprescindible desarrollar una escucha atenta pero esperanzadora, serena pero tenaz, constante pero no ansiosa que pueda preparar y allanar los caminos que el Se\u00f1or nos invite a transitar (cf. Mc 1,2-3).<br \/>\nSabemos que de la tribulaci\u00f3n y de las experiencias dolorosas no se sale igual. Tenemos que velar y estar atentos. El mismo Se\u00f1or, en su hora crucial, rez\u00f3 por esto: \u00abNo ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno\u00bb (Jn 17,15). Expuestos y afectados personal y comunitariamente en nuestra vulnerabilidad y fragilidad y en nuestras limitaciones corremos el grave riesgo de replegarnos y quedar \u201cmordisqueando\u201d la desolaci\u00f3n que la pandemia nos presenta, as\u00ed como exacerbarnos en un optimismo ilimitado incapaz de asumir la magnitud de los acontecimientos (cf. Exhort. ap. Evangelii Gaudium, 226-228).<br \/>\nLas horas de tribulaci\u00f3n ponen en juego nuestra capacidad de discernimiento para descubrir cu\u00e1les son las tentaciones que amenazan atraparnos en una atm\u00f3sfera de desconcierto y confusi\u00f3n, para luego hacernos caer en derroteros que impedir\u00e1n a nuestras comunidades promover la vida nueva que el Se\u00f1or Resucitado nos quiere regalar.<br \/>\nSon varias las tentaciones, propias de este tiempo, que pueden enceguecernos y hacernos cultivar ciertos sentimientos y actitudes que no dejan que la esperanza impulse nuestra creatividad, nuestro ingenio y nuestra capacidad de respuesta. Desde querer asumir honestamente la gravedad de la situaci\u00f3n, pero tratar de resolverla solamente con actividades sustitutivas o paliativas a la espera de que todo vuelva a \u201cla normalidad\u201d, ignorando las heridas profundas y la cantidad de ca\u00eddos del tiempo presente; hasta quedar sumergidos en cierta nostalgia paralizante del pasado cercano que nos hace decir \u201cya nada ser\u00e1 lo mismo\u201d y nos incapacita para convocar a otros a so\u00f1ar y elaborar nuevos caminos y estilos de vida.<br \/>\n\u00abLleg\u00f3 Jes\u00fas y poni\u00e9ndose en medio de ellos, les dijo: \u201c\u00a1La paz est\u00e9 con ustedes!\u201d. Mientras dec\u00eda esto, les mostr\u00f3 sus manos y su costado. Los disc\u00edpulos se llenaron de alegr\u00eda cuando vieron al Se\u00f1or. Jes\u00fas les dijo de nuevo: \u201c\u00a1La paz est\u00e9 con ustedes!\u201d\u00bb (Jn 20,19-20).<br \/>\nEl Se\u00f1or no eligi\u00f3 ni busc\u00f3 una situaci\u00f3n ideal para irrumpir en la vida de sus disc\u00edpulos. Ciertamente, nos hubiera gustado que todo lo sucedido no hubiera pasado, pero pas\u00f3; y como los disc\u00edpulos de Ema\u00fas, tambi\u00e9n podemos quedarnos murmurando entristecidos por el camino (cf. Lc 24,13-21). Present\u00e1ndose en el cen\u00e1culo con las puertas cerradas, en medio del confinamiento, el miedo y la inseguridad que viv\u00edan, el Se\u00f1or fue capaz de alterar toda l\u00f3gica y regalarles un nuevo sentido a la historia y a los acontecimientos. Todo tiempo vale para el anuncio de la paz, ninguna circunstancia est\u00e1 privada de su gracia. Su presencia en medio del confinamiento y de forzadas ausencias anuncia, para los disc\u00edpulos de ayer como para nosotros hoy, un nuevo d\u00eda capaz de cuestionar la inamovilidad y la resignaci\u00f3n, y de movilizar todos los dones al servicio de la comunidad. Con su presencia, el confinamiento se volv\u00eda fecundo gestando la nueva comunidad apost\u00f3lica.<br \/>\nDig\u00e1moslo confiados y sin miedo: \u00abDonde abund\u00f3 el pecado, sobreabund\u00f3 la gracia\u00bb (Rm 5,20). No le tengamos miedo a los escenarios complejos que habitamos porque all\u00ed, en medio nuestro, est\u00e1 el Se\u00f1or; Dios siempre ha hecho el milagro de engendrar buenos frutos (cf. Jn 15,5). La alegr\u00eda cristiana nace precisamente de esta certeza. En medio de las contradicciones y de lo incomprensible que a diario debemos enfrentar, inundados y hasta aturdidos de tantas palabras y conexiones, se esconde esa voz del Resucitado que nos dice: \u00ab\u00a1La paz est\u00e9 con ustedes!\u00bb.<br \/>\nReconforta tomar el Evangelio y contemplar a Jes\u00fas en medio de su pueblo asumiendo y abrazando la vida y las personas tal como se presentan. Sus gestos le dan vida al hermoso canto de Mar\u00eda: \u00abDispersa a los soberbios de coraz\u00f3n; derriba a los poderosos de su trono y enaltece a los humildes\u00bb (Lc 1,51-52). \u00c9l mismo ofreci\u00f3 sus manos y su costado llagado como camino de resurrecci\u00f3n. No esconde ni disfraza o disimula las llagas; es m\u00e1s, invita a Tom\u00e1s a hacer la prueba de c\u00f3mo un costado herido puede ser fuente de Vida en abundancia (cf. Jn 20,27-29).<br \/>\nEn reiteradas ocasiones, como acompa\u00f1ante espiritual, pude ser testigo de que \u00abla persona que ve las cosas como realmente son y que se deja traspasar por el dolor y llora en su coraz\u00f3n, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser aut\u00e9nticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jes\u00fas y no con el del mundo. Y de ese modo se anima a compartir el sufrimiento ajeno y a no escapar de las situaciones dolorosas. De ese modo se da cuenta de que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los dem\u00e1s. Esa persona siente que el otro es carne de su carne, no teme acercarse hasta tocar su herida, se compadece y experimenta que las distancias se borran. As\u00ed es posible acoger aquella exhortaci\u00f3n de san Pablo: \u201cLloren con los que lloran\u201d (Rm 12,15). Saber llorar con los dem\u00e1s, esto es santidad\u00bb (Exhort. ap. Gaudete et Exsultate, 76).<br \/>\n\u00ab\u201cComo el Padre me envi\u00f3 a m\u00ed, yo tambi\u00e9n los env\u00edo a ustedes\u201d. Al decirles esto, sopl\u00f3 sobre ellos y a\u00f1adi\u00f3: \u201cReciban al Esp\u00edritu Santo\u201d\u00bb (Jn 20,22).<br \/>\nQueridos hermanos: Como comunidad presbiteral estamos llamados a anunciar y profetizar el futuro como el centinela que anuncia la aurora que trae un nuevo d\u00eda (cf. Is 21,11); o ser\u00e1 algo nuevo o ser\u00e1 m\u00e1s, mucho m\u00e1s y peor de lo mismo. La Resurrecci\u00f3n no es s\u00f3lo un acontecimiento hist\u00f3rico del pasado para recordar y celebrar; es m\u00e1s, mucho m\u00e1s: es el anuncio de salvaci\u00f3n de un tiempo nuevo que resuena y ya irrumpe hoy: \u00abYa est\u00e1 germinando, \u00bfno se dan cuenta?\u00bb (Is 43,19); es el por-venir que el Se\u00f1or nos invita a construir. La fe nos permite una realista y creativa imaginaci\u00f3n capaz de abandonar la l\u00f3gica de la repetici\u00f3n, sustituci\u00f3n o conservaci\u00f3n; nos invita a instaurar un tiempo siempre nuevo: el tiempo del Se\u00f1or. Si una presencia invisible, silenciosa, expansiva y viral nos cuestion\u00f3 y trastorn\u00f3, dejemos que sea esa otra Presencia discreta, respetuosa y no invasiva la que nos vuelva a llamar y nos ense\u00f1e a no tener miedo de enfrentar la realidad. Si una presencia intangible fue capaz de alterar y revertir las prioridades y las aparentes e inamovibles agendas globales que tanto asfixian y devastan a nuestras comunidades y a nuestra hermana tierra, no tengamos miedo de que sea la presencia del Resucitado la que nos trace el camino, abra horizontes y nos d\u00e9 el coraje para vivir este momento hist\u00f3rico y singular. Un pu\u00f1ado de hombres temerosos fue capaz de iniciar una corriente nueva, anuncio vivo del Dios con nosotros. \u00a1No teman! \u00abLa fuerza del testimonio de los santos est\u00e1 en vivir las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final\u00bb (Exhort. ap. Gaudete et Exsultate, 109).<br \/>\nDejemos que nos sorprenda una vez m\u00e1s el Resucitado. Que sea \u00c9l desde su costado herido, signo de lo dura e injusta que se vuelve la realidad, quien nos impulse a no darle la espalda a la dura y dif\u00edcil realidad de nuestros hermanos. Que sea \u00c9l quien nos ense\u00f1e a acompa\u00f1ar, cuidar y vendar las heridas de nuestro pueblo, no con temor sino con la audacia y el derroche evang\u00e9lico de la multiplicaci\u00f3n de los panes (cf. Mt 14,13-21); con la valent\u00eda, premura y responsabilidad del samaritano (cf. Lc 10,33-35); con la alegr\u00eda y la fiesta del pastor por su oveja perdida y encontrada (cf. Lc 15,4-6); con el abrazo reconciliador del padre que sabe de perd\u00f3n (cf. Lc 15,20); con la piedad, delicadeza y ternura de Mar\u00eda en Betania (cf. Jn 12,1-3); con la mansedumbre, paciencia e inteligencia del disc\u00edpulo del Se\u00f1or (cf. Mt 10,16-23). Que sean las manos llagadas del Resucitado las que consuelen nuestras tristezas, pongan de pie nuestra esperanza y nos impulsen a buscar el Reino de Dios m\u00e1s all\u00e1 de nuestros refugios convencionales. Dej\u00e9monos sorprender tambi\u00e9n por nuestro pueblo fiel y sencillo, tantas veces probado y lacerado, pero tambi\u00e9n visitado por la misericordia del Se\u00f1or. Que ese pueblo nos ense\u00f1e a moldear y templar nuestro coraz\u00f3n de pastor con la mansedumbre y la compasi\u00f3n, con la humildad y la magnanimidad del aguante activo, solidario, paciente pero valiente, que no se desentiende, sino que desmiente y desenmascara todo escepticismo y fatalidad. \u00a1Cu\u00e1nto para aprender de la reciedumbre del Pueblo fiel de Dios que siempre encuentra el camino para socorrer y acompa\u00f1ar al que est\u00e1 ca\u00eddo! La Resurrecci\u00f3n es el anuncio de que las cosas pueden cambiar. Dejemos que sea la Pascua, que no conoce fronteras, la que nos lleve creativamente a esos lugares donde la esperanza y la vida est\u00e1n en lucha, donde el sufrimiento y el dolor se vuelven espacio propicio para la corrupci\u00f3n y la especulaci\u00f3n, donde la agresi\u00f3n y la violencia parecen ser la \u00fanica salida.<br \/>\nComo sacerdotes, hijos y miembros de un pueblo sacerdotal, nos toca asumir la responsabilidad por el futuro y proyectarlo como hermanos. Pongamos en las manos llagadas del Se\u00f1or, como ofrenda santa, nuestra propia fragilidad, la fragilidad de nuestro<br \/>\npueblo, la de la humanidad entera. El Se\u00f1or es quien nos transforma, quien nos trata como el pan, toma nuestra vida en sus manos, nos bendice, parte y comparte, y nos entrega a su pueblo. Y con humildad dej\u00e9monos ungir por esas palabras de Pablo para que se propaguen como \u00f3leo perfumado por los distintos rincones de nuestra ciudad y despierten as\u00ed la discreta esperanza que muchos \u2014silenciosamente\u2014 albergan en su coraz\u00f3n: \u00abAtribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jes\u00fas, para que tambi\u00e9n la vida de Jes\u00fas se manifieste en nuestro cuerpo\u00bb (2 Co 4,8-10). Participamos con Jes\u00fas de su pasi\u00f3n, nuestra pasi\u00f3n, para vivir tambi\u00e9n con \u00c9l la fuerza de la resurrecci\u00f3n: certeza del amor de Dios capaz de movilizar las entra\u00f1as y salir al cruce de los caminos para compartir \u201cla Buena Noticia con los pobres, para anunciar la liberaci\u00f3n a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un a\u00f1o de gracia del Se\u00f1or\u201d (cf. Lc 4,18-19), con la alegr\u00eda de que todos ellos pueden participar activamente con su dignidad de hijos del Dios vivo.<br \/>\nTodas estas cosas que pens\u00e9 y sent\u00ed durante este tiempo de pandemia quiero compartirlas fraternalmente con ustedes para ayudarnos en el camino de la alabanza al Se\u00f1or y del servicio a los hermanos. Deseo que a todos nos sirvan para \u201cm\u00e1s amar y servir\u201d.<br \/>\nQue el Se\u00f1or Jes\u00fas los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por m\u00ed.<br \/>\nFraternalmente,<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">\nFrancisco<br \/>\nRoma, en San Juan de Letr\u00e1n, 31 de mayo de 2020, solemnidad de Pentecost\u00e9s.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/www.diariocatolico.org\/wp-content\/uploads\/2020\/06\/Carta-del-Papa-a-los-sacerdotes-de-Roma-31mayo2020.pdf\">Carta del Papa a los sacerdotes de Roma 31mayo2020<\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS SACERDOTES DE LA DI\u00d3CESIS DE ROMA Queridos hermanos:&hellip;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":58199,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"content-type":"","_lmt_disableupdate":"","_lmt_disable":"","footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-58284","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized"],"jetpack_featured_media_url":"","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/58284","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=58284"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/58284\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=58284"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=58284"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=58284"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}