{"id":64508,"date":"2020-11-04T10:23:43","date_gmt":"2020-11-04T14:53:43","guid":{"rendered":"https:\/\/www.diariocatolico.org\/?p=64508"},"modified":"2026-04-17T15:04:49","modified_gmt":"2026-04-17T15:04:49","slug":"hoy-es-fiesta-de-san-carlos-borromeo-patrono-de-catequistas-y-seminaristas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/2020\/11\/04\/hoy-es-fiesta-de-san-carlos-borromeo-patrono-de-catequistas-y-seminaristas\/","title":{"rendered":"Hoy es fiesta de San Carlos Borromeo, patrono de Catequistas y Seminaristas"},"content":{"rendered":"<div dir=\"auto\">Hoy, 4 de noviembre, celebramos la memoria de San Carlos Borromeo, patrono de los catequistas. Su gran amor por la catequesis le llev\u00f3 a fundar 740 escuelas de catecismo con 3,000 catequistas y 40,000 catequizando.<\/div>\n<p><!--more--><\/p>\n<div dir=\"auto\">Aunque su fiesta se celebra el d\u00eda 4 de noviembre, por disposici\u00f3n de nuestros obispos la Iglesia dominicana celebra el d\u00eda del catequista el primer domingo del mes de noviembre. Esto, para facilitar el encuentro y la participaci\u00f3n de todos los catequistas en las actividades que ese d\u00eda se llevan a cabo.<\/div>\n<div dir=\"auto\">\u00a0<\/div>\n<div dir=\"auto\">El fin de esta celebraci\u00f3n es agradecer a Dios por los hombres y mujeres que habiendo recibido un llamado del Se\u00f1or le han respondido de manera afirmativa. En ese d\u00eda damos gracias a Dios por la vocaci\u00f3n de cada catequista y por la invaluable labor que realizan en nuestras parroquias y comunidades.\u00a0<\/div>\n<div dir=\"auto\">\u00a0<\/div>\n<div dir=\"auto\">Tambi\u00e9n aprovechamos esta celebraci\u00f3n para orar por todos los catequistas: los activos y los que ya no lo est\u00e1n a causa de la\u00a0 enfermedad y otras circunstancias; por los m\u00e1s j\u00f3venes en edad y ministerio y por los que han dedicado gran parte de sus a\u00f1os a esta mision. Es un d\u00eda en el que todo bautizado est\u00e1 llamado a crear conciencia de la importancia que tiene la acci\u00f3n catequ\u00e9tica dentro de la Iglesia y que estamos obligados a formar parte activa de ella.<\/div>\n<div dir=\"auto\">\u00a0<\/div>\n<div dir=\"auto\">Los catequistas son los colaboradores de Jes\u00fas aqu\u00ed en la tierra y hacen posible que en la Iglesia nunca falten nuevos cristianos. Ellos tienen la responsabilidad de acercarnos a Jes\u00fas y mostrarnos como es El, lo mucho que nos ama y las oraciones que debemos utilizar para comunicarnos con Dios, con nuestra madre Mar\u00eda y con nuestros hermanos los santos. Tambi\u00e9n se les a confiado la tarea de prepararnos para la recepci\u00f3n de los sacramentos del bautismo, confesi\u00f3n, primera comuni\u00f3n, confirmaci\u00f3n y matrimonio.\u00a0<\/div>\n<div dir=\"auto\">\u00a0<\/div>\n<div dir=\"auto\">Podemos concluir diciendo que sin catequistas no existir\u00eda la catequesis y sin catequesis no existir\u00eda la Iglesia.\u00a0<\/div>\n<div dir=\"auto\">\u00a0<\/div>\n<div dir=\"auto\">Pidamos en este d\u00eda a San Carlos Borromeo que contin\u00fae intercediendo por nuestros catequistas para que sean capaces de imitarle a \u00e9l en su celo y dedicaci\u00f3n a esa hermosa obra de amor como es la educaci\u00f3n cristiana de los ni\u00f1os, adolescentes, j\u00f3venes y adultos.<\/div>\n<div dir=\"auto\">\u00a0<\/div>\n<div dir=\"auto\">Fuente: Instituto Catequ\u00edstico Fray Ram\u00f3n Pan\u00e9<\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.aciprensa.com\/santos\/images\/CarlosBorromeo_4Noviembre.jpg\" \/><\/p>\n<p>Biograf\u00eda:<\/p>\n<p>Era un noble de alta alcurnia. Su padre, el conde Gilberto Borromeo, se distingui\u00f3 por su talento y sus virtudes. Su madre, Margarita, pertenec\u00eda a la noble rama milanesa de los M\u00e9dicis. Un hermano menor de su madre lleg\u00f3 a ce\u00f1ir la tiara pontificia con el nombre de P\u00edo IV. Carlos era el segundo de los varones entre los seis hijos de una familia. Naci\u00f3 en el castillo de Arona, junto al lago Maggiore, el 2 de octubre de 1538. Desde los primeros a\u00f1os, di\u00f3 muestras de gran seriedad y devoci\u00f3n. A los doce a\u00f1os, recibi\u00f3 la tonsura, y su t\u00edo, Julio Cesar Borromeo, le cedi\u00f3 la rica abad\u00eda benedictina de San Graci\u00e1n y San Felino, en Arona, que desde tiempo atr\u00e1s estaba en manos de la familia. Se dice que Carlos, aunque era tan joven, record\u00f3 a su padre que las rentas de ese beneficio pertenec\u00edan a los pobres y no pod\u00edan ser aplicadas a gastos seculares, excepto lo que se emplease en educarle para llegar a ser, un d\u00eda, digno ministro de la Iglesia. Despu\u00e9s de estudiar el lat\u00edn en Mil\u00e1n, el joven se traslad\u00f3 a la Universidad de Pav\u00eda, donde estudi\u00f3 bajo la direcci\u00f3n de Francisco Alciati, quien m\u00e1s tarde ser\u00eda promovido al cardenalato a petici\u00f3n del santo. Carlos ten\u00eda cierta dificultad de palabra y su inteligencia no era deslumbrante, de suerte que sus maestros le consideraban como un poco lento; sin embargo, el joven hizo grandes progresos en sus estudios. La dignidad y seriedad de su conducta hicieron de \u00e9l un modelo de los j\u00f3venes universitarios, que ten\u00edan la reputaci\u00f3n de ser muy dados a los vicios. El conde Gilberto s\u00f3lo daba a su hijo una parte m\u00ednima de las rentas de su abad\u00eda y, por las cartas de Carlos, vemos que atravesaba frecuentemente por periodos de verdadera penuria, pues su posici\u00f3n le obligaba a llevar un tren de vida de cierto lujo. A los veintid\u00f3s a\u00f1os, cuando sus padres ya hab\u00edan muerto, obtuvo el grado de doctor. En seguida retorn\u00f3 a Mil\u00e1n, donde recibi\u00f3 la noticia de que su t\u00edo el cardenal de M\u00e9dicism hab\u00eda sido elegido Papa en el c\u00f3nclave de 1559, a ra\u00edz de la muerte de Pablo IV.<\/p>\n<p>\u00a0A principio de 1560, el nuevo Papa hizo a su sobrino cardenal di\u00e1cono y, el 8 de febrero, le nombr\u00f3 administrador de la sede vacante de Mil\u00e1n, pero, en vez de dejarle partir, le retuvo en Roma y le confi\u00f3 numerosos cargos. En efecto, Carlos fue nombrado, en r\u00e1pida sucesi\u00f3n, legado de Bolonia, de la Roma\u00f1a y de la Marca de Ancona, as\u00ed como protector de Portugal, de los pa\u00edses bajos, de los cantones cat\u00f3licos de Suiza y adem\u00e1s, de las \u00f3rdenes de San Francisco, del Carmelo, de los Caballeros de Malta y otras m\u00e1s. Lo extraordinario es que todos esos honores y responsabilidades reca\u00edan sobre un joven que no hab\u00eda cumplido a\u00fan veintitr\u00e9s a\u00f1os y era simplemente cl\u00e9rigo de \u00f3rdenes menores. Es incre\u00edble la cantidad de trabajo que san Carlos pod\u00eda despachar sin apresurarse nunca, a base de una actividad regular y met\u00f3dica. Adem\u00e1s, encontraba todav\u00eda tiempo para dedicarse a los asuntos de su familia, para o\u00edr m\u00fasica y para hacer ejercicio. Era muy amante del saber y lo promovi\u00f3 mucho entre el clero, para lo que fund\u00f3 en el Vaticano, con el objeto de instruir y deleitar a la corte pontificia, una academia literaria compuesta de cl\u00e9rigos y laicos, algunas de cuyas conferencias y trabajos fueron publicados entre las obras de San Carlos con el t\u00edtulo de\u00a0<em>Noctes Vaticanae<\/em>. Por entonces, juzg\u00f3 necesario atenerse a la costumbre renacentista que obligaba a los cardenales a tener un palacio magn\u00edfico, una servidumbre muy numerosa, a recibir constantemente a los personajes de importancia y a tener una mesa a la altura de las circunstancias. Pero en su coraz\u00f3n, estaba profundamente desprendido de todas esas cosas. Hab\u00eda logrado mortificar perfectamente sus sentidos y su actitud era humilde y paciente. Muchas almas se convierten a Dios en la adversidad; San Carlos tuvo el m\u00e9rito de saber comprobar la vanidad de la abundancia al vivir en ella y, gracias a eso, su coraz\u00f3n se despeg\u00f3 cada vez m\u00e1s de las cosas terrenas. Hab\u00eda hecho todo lo posible por preveer al gobierno de la di\u00f3cesis de Mil\u00e1n y remediar los des\u00f3rdenes que hab\u00eda en ella; en este sentido, el mandato del Papa de que se quedase en Roma le dificult\u00f3 la tarea. El Venerable Bartolom\u00e9 de Martyribus, arzobispo de Braga, fue por entonces a la ciudad Eterna y San Carlos aprovech\u00f3 la oportunidad para abrir su coraz\u00f3n a ese fiel siervo de Dios, a quien indic\u00f3: &#8220;Ya veis la posici\u00f3n que ocupo. Ya sab\u00e9is lo que significa ser sobrino y sobrino predilecto de un Papa y no ignor\u00e1is lo que es vivir en la corte romana. Los peligros son inmenso. \u00bfQu\u00e9 puedo hacer yo, joven inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y, con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si s\u00f3lo Dios y yo existi\u00e9semos&#8221;. El arzobispo disip\u00f3 las dudas del cardenal, asegur\u00e1ndole que no deb\u00eda soltar el arado que Dios le hab\u00eda puesto en las manos para el servicio de la Iglesia, sino que deb\u00eda, m\u00e1s bien, tratar de gobernar personalmente su di\u00f3cesis en cuanto se le ofreciese oportunidad. Cuando San Carlos se enter\u00f3 de que Bartolom\u00e9 de Martyribus hab\u00eda ido a Roma precisamente con el objeto de renunciar a su arquidi\u00f3cesis, le pidi\u00f3 explicaciones sobre el consejo que le hab\u00eda dado, y el arzobispo hubo de usar de todo su tacto en tal circunstancia.<\/p>\n<p>P\u00edo IV hab\u00eda anunciado poco despu\u00e9s de su elecci\u00f3n que ten\u00eda la intenci\u00f3n de volver a reunir el Concilio de Trento, suspendido en 1552. San Carlos emple\u00f3 toda su influencia y su energ\u00eda para que el Pont\u00edfice llevase a cabo su proyecto, a pesar de que las circunstancias pol\u00edticas y eclesi\u00e1sticas eran muy adversas. Los esfuerzos del cardenal tuvieron \u00e9xito, y el Concilio volvi\u00f3 a reunirse en enero de 1562. Durante los dos a\u00f1os que dur\u00f3 la sesi\u00f3n, el santo tuvo que trabajar con la misma diplomacia y vigilancia que hab\u00eda empleado para conseguir que se reuniese. Varias veces estuvo a punto de disolverse la asamblea, dejando la obra incompleta, pero, con su gran habilidad y con el constante apoyo que prest\u00f3 a los legados del Papa, logr\u00f3 que la empresa siguiese adelante. As\u00ed pues, en las nueve reuniones generales y en las numeros\u00edsimas reuniones particulares se aprobaron much\u00edsimo de los decretos dogm\u00e1ticos y disciplinarios de mayor importancia. El \u00e9xito se debi\u00f3 a San Carlos m\u00e1s que a cualquier otro de los personajes que participaron en la asamblea, de suerte que puede decirse que \u00e9l fue director intelectual y el esp\u00edritu rector de la tercera y \u00faltima sesi\u00f3n del Concilio de Trento.<\/p>\n<p>En el curso de las reuniones muri\u00f3 el conde Federico Borromeo, con lo cual, San Carlos qued\u00f3 como jefe de su noble familia y su posici\u00f3n se hizo m\u00e1s dif\u00edcil que nunca. Muchos supusieron que iba a abandonar el estado clerical para casarse, pero el santo ni siquiera pens\u00f3 en ello. Renunci\u00f3 a sus derechos en favor de su t\u00edo Julio y se orden\u00f3 sacerdote en 1563. Dos meses m\u00e1s tarde, recibi\u00f3 la consagraci\u00f3n episcopal, aunque no se le permiti\u00f3 trasladarse a su di\u00f3cesis. Adem\u00e1s de todos sus cargos, se le confi\u00f3 la supervisi\u00f3n de la publicaci\u00f3n del Catecismo del Concilio de Trento y la reforma de los libros lit\u00fargicos y de la m\u00fasica sagrada; \u00e9l fue quien encomend\u00f3 a Palestrina la composici\u00f3n de la\u00a0<em>Missa Papae Maecelli.<\/em>\u00a0Mil\u00e1n que hab\u00eda estado durante ochenta a\u00f1os sin obispo residente, se hallaba en un estado deplorable. El vicario de San Carlos hab\u00eda hecho todo lo posible por reformar la di\u00f3cesis con la ayuda de algunos jesuitas, pero sin gran \u00e9xito. Finalmente, San Carlos consigui\u00f3 permiso para reunir un concilio provisional y visitar su di\u00f3cesis. Antes de que partiese, el Papa le nombr\u00f3 legado\u00a0<em>a latere<\/em>\u00a0para toda Italia. El pueblo de Mil\u00e1n le recibi\u00f3 con el mayor gozo y el santo predic\u00f3 en la catedral sobre el texto &#8220;Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros&#8221;. Diez Obispos sufrag\u00e1neos asistieron al s\u00ednodo, cuyas decisiones sobre la observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la disciplina y la formaci\u00f3n del Clero, sobre la celebraci\u00f3n de los divinos oficios, sobre la administraci\u00f3n de los sacramentos, sobre la ense\u00f1anza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, fueron tan atinados que el Papa escribi\u00f3 a San Carlos para felicitarle. Cuando el santo se hallaba en el cumplimiento del oficio como legado de Toscana, fue convocado a Roma para asistir a P\u00edo IV en su lecho de muerte, donde tambi\u00e9n le asisti\u00f3 San Felipe Neri. El nuevo Papa P\u00edo V, pidi\u00f3 a San Carlos que se quedase alg\u00fan tiempo en Roma para desempe\u00f1ar los oficios que su predecesor le hab\u00eda confiado, pero el santo aprovech\u00f3 la primera oportunidad para rogar al Papa que le dejase partir y, supo hacerlo con tal tino, que P\u00edo V le despidi\u00f3 con su bendici\u00f3n.<\/p>\n<p>San Carlos lleg\u00f3 a Mil\u00e1n en abril de 1556 y, en seguida empez\u00f3 a trabajar en\u00e9rgicamente en la reforma de su di\u00f3cesis. Su primer paso fue la organizaci\u00f3n de su propia casa. Puesto que consideraba el episcopado como un estado de perfecci\u00f3n, se mostr\u00f3 sumamente severo consigo mismo. Sin embargo, supo siempre aplicar la discreci\u00f3n a la penitencia para no desperdiciar las fuerzas que necesitaba en el cumplimiento de su deber, de suerte que aun en las mayores fatigas conservaba toda su energ\u00eda. Las rentas de que disfrutaba eran ping\u00fces, pero dedicaba la mayor parte de las obras de caridad y se opon\u00eda decididamente a la ostentaci\u00f3n y al lujo. En cierta ocasi\u00f3n en que alguien orden\u00f3 que le calentasen el lecho, el santo dijo, sonriendo: &#8220;La mejor manera de no encontrar el lecho demasiado fr\u00edo es ir a \u00e9l m\u00e1s fr\u00edo de lo que pueda estar&#8221;. Francisco Panigarola, arzobispo de Asti, dijo en la oraci\u00f3n f\u00fanebre por San Carlos: &#8220;De sus rentas no empleaba para su propio uso m\u00e1s que lo absolutamente indispensable. En cierta ocasi\u00f3n en que le acompa\u00f1\u00e9 a una visita del valle de Mesolcina, que es un sitio muy fr\u00edo, le encontr\u00e9 por la noche estudiando, vestido \u00fanicamente con una sotana vieja. Naturalmente le dije que, si no quer\u00eda morir de fr\u00edo, ten\u00eda que cubrirse mejor y \u00e9l sonri\u00f3 al responderme: &#8216;No tengo otra sotana. Durante el d\u00eda estoy obligado a vestir la p\u00farpura cardenalicia, pero \u00e9sta es la \u00fanica sotana realmente m\u00eda y me sirve lo mismo en el verano que en el invierno&#8217; &#8220;. Cuando San Carlos se estableci\u00f3 en Mil\u00e1n, vendi\u00f3 la vajilla de plata y otros objetos preciosos en 30,000 coronas, suma que consagr\u00f3 \u00edntegramente a socorrer a las familias necesitadas. Su limosnero ten\u00eda orden de repartir entre los pobres 200 coronas mensuales, sin contar las limosnas extraordinarias, que eran muy numerosas. La generosidad de San Carlos dej\u00f3 un recuerdo imperecedero. Por ejemplo, supo ayudar tan liberalmente al Colegio Ingl\u00e9s de Douai, que el cardenal Allen sol\u00eda llamar a San Carlos, fundador de la instituci\u00f3n. Por otra parte, el santo organiz\u00f3 retiros para su clero. El mismo hac\u00eda los Ejercicios Espirituales dos veces al a\u00f1o y ten\u00eda por regla confesarse todos los d\u00edas antes de celebrar la misa. Su confesor ordinario era el Dr. Griffith Roberts, de la di\u00f3cesis de Bangor, autor de la famosa gram\u00e1tica galesa. San Carlos nombr\u00f3 a otro gal\u00e9s (el Dr. Qwen, quien m\u00e1s tarde lleg\u00f3 a ser obispo de Calabria) vicario general de su di\u00f3cesis, y llevaba siempre consigo una imagen de San Juan Fisher. Ten\u00eda el mayor respeto por la liturgia, de suerte que jam\u00e1s dec\u00eda una oraci\u00f3n ni administraba ning\u00fan sacramento apresuradamente, por grande que fuese su prisa o por larga que resultase la funci\u00f3n.<\/p>\n<p>Su esp\u00edritu de oraci\u00f3n y su amor de Dios dejaban en los otros un gran gozo espiritual, le ganaban los corazones, e infund\u00edan en todos el deseo de perseverar en la virtud y de sufrir por ella. Tal fue el esp\u00edritu que San Carlos aplic\u00f3 a la reforma de su di\u00f3cesis, empezando por la organizaci\u00f3n de su propia casa. Su casa estaba compuesta de cien personas; la mayor parte eran cl\u00e9rigos, a lo que el santo pagaba generosamente para evitar que recibiesen regalos de otros. En la di\u00f3cesis se conoc\u00eda mal la religi\u00f3n y se la comprend\u00eda a\u00fan menos; las pr\u00e1cticas religiosas estaban desfiguradas por la superstici\u00f3n y profanadas por los abusos. Los sacramentos hab\u00edan ca\u00eddo en el abandono, porque muchos sacerdotes apenas sab\u00edan c\u00f3mo administrarlos y eran indolentes, ignorantes y de mala vida. Los monasterios se hallaban en el mayor desorden. Por medio de concilios provinciales, s\u00ednodos diocesanos y m\u00faltiples instrucciones pastorales, San Carlos aplic\u00f3 progresivamente las medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo. Aquellas medidas fueron tan sabias, que una gran cantidad de prelados las consideran todav\u00eda como un modelo y las estudian para aplicarlas. San Carlos fue uno de los hombres m\u00e1s eminentes en teolog\u00eda pastoral que Dios enviara a su Iglesia para remediar los des\u00f3rdenes producidos por la decadencia espiritual de la Edad Media y por los excesos de los reformadores protestantes. Empleando por una parte la ternura paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en pr\u00e1ctica, por la otra, los decretos de los s\u00ednodos, sin distinci\u00f3n de personas, ni clases, ni privilegios, dobleg\u00f3 poco a poco a los obstinados y lleg\u00f3 a vencer dificultades que habr\u00edan desalentado aun a los m\u00e1s valientes. San Carlos tuvo que superar su propia dificultad de palabra, a base de paciencia y atenci\u00f3n, pues ten\u00eda un defecto en la lengua. A este prop\u00f3sito, dec\u00eda su amigo Aquiles Gagliardi: &#8220;Muchas veces me he maravillado de que, aun sin poseer elocuencia natural alguna, sin tener ning\u00fan atractivo especial en su persona, haya conseguido obrar tales cambios en el coraz\u00f3n de sus oyentes. Hablaba brevemente, con suma seriedad y apenas se pod\u00eda o\u00edr su voz; sin embargo, sus palabras produc\u00edan siempre efecto&#8221;. San Carlos orden\u00f3 que se atendiese especialmente a la instrucci\u00f3n cristiana de los ni\u00f1os. No contento con imponer a los sacerdotes la obligaci\u00f3n de ense\u00f1ar p\u00fablicamente el catecismo todos los domingos y d\u00edas de fiesta, estableci\u00f3 la Cofrad\u00eda de la Doctrina Cristiana, que lleg\u00f3 a contar, seg\u00fan se dice, con 740 escuelas, 3.000 catequistas y 40.000 alumnos. As\u00ed pues, San Carlos fund\u00f3 las &#8220;escuelas dominicales&#8221; dos siglos antes de que Roberto Raikes las introdujese en Inglaterra para los ni\u00f1os protestantes. San Carlos se vali\u00f3 particularmente de los cl\u00e9rigos regulares de San Pablo (&#8220;barnabitas&#8221;), cuyas constituciones \u00e9l mismo hab\u00eda ayudado a revisar y, en 1578, fund\u00f3 una congregaci\u00f3n de sacerdotes seculares, llamados Oblatos de San Ambrosio que, por un voto simple de obediencia a su obispo, se pon\u00edan a disposici\u00f3n de \u00e9ste para que los emplease a su gusto en la obra de la salvaci\u00f3n de las almas. P\u00edo XI form\u00f3 parte m\u00e1s tarde de esa congregaci\u00f3n, cuyos miembros se llaman actualmente Oblatos de San Ambrosio y de San Carlos.<\/p>\n<p>Pero en todas partes se acogi\u00f3 bien la obra reformadora del santo, quien en ciertos casos tuvo que hacer frente a una oposici\u00f3n violenta y sin escr\u00fapulos. En 1567, tuvo una dificultad con el senado. Ciertos laicos que llevaban abiertamente una vida poco edificante y se negaban a prestar o\u00eddos a las exhortaciones del santo, fueron aprisionados por orden suya. El senado amenaz\u00f3, con ese motivo, a los funcionarios de la curia del arzobispo, y el asunto lleg\u00f3 hasta el Papa y Felipe II de Espa\u00f1a. Entre tanto, el alguacil episcopal fue golpeado y expulsado de la ciudad. San Carlos, despu\u00e9s de considerar la cosa maduramente, excomulg\u00f3 a los que hab\u00edan participado en el ataque. Finalmente, el fallo sobre este conflicto de jurisdicci\u00f3n favoreci\u00f3 a San Carlos, ya que en la antigua ley un arzobispo gozaba de cierto poder ejecutivo; pero el gobernador de Mil\u00e1n se neg\u00f3 a aceptar esa decisi\u00f3n. San Carlos parti\u00f3 por entonces a visitar tres valles alpinos: el de Levantina, el de Bregno y La Riviera, que los anteriores arzobispos hab\u00edan dejado completamente abandonados y donde la corrupci\u00f3n del clero era todav\u00eda mayor que la de los laicos, con los resultados que pueden imaginarse. El santo predic\u00f3 y catequiz\u00f3 por todas partes, destituy\u00f3 a los cl\u00e9rigos indignos y los reemplaz\u00f3 por hombres capaces de restaurar la fe y las costumbres del pueblo y de resistir a los ataques de los protestantes zwinglianos. Pero sus enemigos de Mil\u00e1n no le dejaron mucho tiempo en paz. Como la conducta de algunos de los can\u00f3nigos de la colegiata de Santa Mar\u00eda della Scala (que pretend\u00edan estar exentos de la jurisdicci\u00f3n del ordinario) no correspondiese a su dignidad, San Carlos consult\u00f3 a San P\u00edo V, quien le contest\u00f3 que ten\u00eda derecho a visitar dicha iglesia y a tomar contra los can\u00f3nigos las medidas que juzgase necesarias. San Carlos se present\u00f3 entonces en la iglesia a hacer la visita can\u00f3nica; pero los can\u00f3nigos le dieron con la puerta en las narices y alguien hizo un disparo contra la cruz que el santo hab\u00eda alzado con la mano durante el tumulto. El senado se puso en favor de los can\u00f3nigos y present\u00f3 a Felipe II de Espa\u00f1a las m\u00e1s virulentas acusaciones contra el arzobispo, diciendo que se hab\u00eda arrogado los derechos del rey, porque la colegiata estaba bajo el patronato regio. Por otra parte, el gobernador de Mil\u00e1n escribi\u00f3 al Papa, amenazando con desterrar al cardenal Borromeo por traidor. Finalmente, el rey escribi\u00f3 al gobernador para que apoyase al arzobispo y los can\u00f3nigos ofrecieron resistencia alg\u00fan tiempo, pero acabaron por doblegarse.<\/p>\n<p>Antes de que ese asunto se solucionase, la vida de San Carlos corri\u00f3 un peligro todav\u00eda mayor. La orden religiosa de los humiliati, que contaba ya con muy pocos miembros pero pose\u00eda a\u00fan muchos monasterios y tierras, se hab\u00eda sometido a las medidas reformadoras del arzobispo, pero los humiliati estaban totalmente corrompidos y su sumisi\u00f3n hab\u00eda sido aparente. En efecto, intentaron por todos los medios conseguir que el Papa anulase las disposiciones de San Carlos y, al fracasar sus intentos, tres priores de la orden tramaron un complot para asesinar a San Carlos. Un sacerdote de la orden, llamado Jer\u00f3nimo Donati Farina, acept\u00f3 hacer el intento de matar al santo por veinte monedas de oro. Se obtuvo esa suma con la venta de los ornamentos de una iglesia. El 26 de octubre de 1569, Farina se apost\u00f3 a la puerta de la capilla de la casa de San Carlos, en tanto que \u00e9ste rezaba las oraciones de la noche con los suyos. Los presentes cantaban un himno de Orlando di Lasso y, precisamente en el momento en que entonaban las palabras, &#8220;Ya es tiempo de que vuelva a Aqu\u00e9l que me envi\u00f3&#8221;, el asesino descarg\u00f3 su pistola contra el santo. Farina consigui\u00f3 escapar en el tumulto que se produjo, en tanto que San Carlos, pensando que estaba herido de muerte, encomendaba su vida a Dios. En realidad la bala s\u00f3lo hab\u00eda tocado sus ropas y su manto cardenalicio hab\u00eda ca\u00eddo al suelo, pero el santo estaba ileso. Despu\u00e9s de una solemne procesi\u00f3n de acci\u00f3n de gracias, San Carlos se retir\u00f3 unos d\u00edas a un monasterio de la Cartuja para consagrar nuevamente su vida a Dios.<\/p>\n<p>Al salir de su retiro, visit\u00f3 otra vez los tres valles de los Alpes y aprovech\u00f3 la oportunidad para recorrer tambi\u00e9n los cantones suizos cat\u00f3licos, donde convirti\u00f3 a cierto n\u00famero de zwinglianos y restaur\u00f3 la disciplina en los monasterios. La cosecha de aquel a\u00f1o se perdi\u00f3 y, al siguiente, Mil\u00e1n atraves\u00f3 por un periodo de carest\u00eda. San Carlos pidi\u00f3 ayuda para procurar alimentos a los necesitados y, durante tres meses, dio de comer diariamente a tres mil pobres con sus propias rentas. Como hab\u00eda estado bastante mal de salud, los m\u00e9dicos le ordenaron que modificase su r\u00e9gimen de vida, pero el cambio no produjo ninguna mejor\u00eda. Despu\u00e9s de asistir en Roma al c\u00f3nclave que eligi\u00f3 a Gregorio XIII, el santo volvi\u00f3 a su antiguo r\u00e9gimen y as\u00ed, pronto se recuper\u00f3. Al poco tiempo, tuvo un nuevo conflicto con el poder civil de Mil\u00e1n, pues el nuevo gobernador, Don Luis de Requesens, trat\u00f3 de reducir la jurisdicci\u00f3n local de la Iglesia y de poner en mal al arzobispo con el rey. San Carlos no vacil\u00f3 en excomulgar a Requesens quien, para vengarse, envi\u00f3 un pelot\u00f3n de soldados a patrullar las cercan\u00edas del palacio episcopal y prohibi\u00f3 que las cofrad\u00edas se reuniesen cuando no estuviera presente un magistrado. Felipe II acab\u00f3 por destituir al gobernador. Pero esos triunfos p\u00fablicos no fueron, por cierto, la parte m\u00e1s importante del &#8220;cuidado pastoral&#8221; que ensalza el oficio de la fiesta de San Carlos. Su tarea principal consisti\u00f3 en formar un clero virtuoso y bien preparado. En cierta ocasi\u00f3n en que un sacerdote ejemplar se hallaba gravemente enfermo, las gentes comentaron que el arzobispo se preocupaba demasiado por \u00e9l. El santo respondi\u00f3: &#8220;\u00a1Bien se ve que no sab\u00e9is lo que vale la vida de un buen sacerdote!&#8221; Ya mencionamos arriba la fundaci\u00f3n de los oblatos de San Ambrosio, que tanto \u00e9xito tuvieron. Por otra parte, San Carlos reuni\u00f3 cinco s\u00ednodos provinciales y once diocesanos. Era infatigable en la visita a las parroquias. Cuando uno de sus sufrag\u00e1neos le dijo que no ten\u00eda nada que hacer, el santo le mand\u00f3 una larga lista de las obligaciones episcopales, a\u00f1adiendo despu\u00e9s de cada punto: &#8220;\u00bfC\u00f3mo puede decir un obispo que no tiene nada que hacer?&#8221; El santo fund\u00f3 tres seminarios en la arquidi\u00f3cesis de Mil\u00e1n, para otros tantos tipos de j\u00f3venes que se preparaban al sacerdocio y exigi\u00f3 en todas partes que se aplicasen las disposiciones del Concilio Tridentino acerca de la formaci\u00f3n sacerdotal. En 1575, fue a Roma a ganar la indulgencia del jubileo y, al a\u00f1o siguiente, la instituy\u00f3 en Mil\u00e1n. Acudieron entonces a la ciudad grandes multitudes de peregrinos, algunos de los cuales estaban contaminados con la peste, de suerte que la epidemia se propag\u00f3 en Mil\u00e1n con gran virulencia.<\/p>\n<p>El gobernador y muchos de los nobles abandonaron la ciudad. San Carlos se consagr\u00f3 enteramente al cuidado de los enfermos. Como su clero no fuese suficientemente numeroso para asistir a las v\u00edctimas, reuni\u00f3 a los superiores de las comunidades religiosas y les pidi\u00f3 ayuda. Inmediatamente se ofrecieron como voluntarios muchos religiosos, a quien San Carlos hosped\u00f3 en su propia casa. Despu\u00e9s escribi\u00f3 al gobernador, Don Antonio de Guzm\u00e1n, ech\u00e1ndole en cara su cobard\u00eda, y consigui\u00f3 que volviese a su puesto, con otros magistrados, para esforzarse en poner coto al desastre. El hospital de San Gregorio resultaba demasiado peque\u00f1o y siempre estaba repleto de muertos, moribundos y enfermos a quienes nadie se encargaba de asistir. El espect\u00e1culo arranc\u00f3 l\u00e1grimas a San Carlos, quien tuvo que pedir auxilio a los sacerdotes de los valles alpinos, pues los de Mil\u00e1n se negaron, al principio, a ir al hospital. La epidemia acab\u00f3 con el comercio, lo cual produjo la carest\u00eda. San Carlos agot\u00f3 literalmente sus recursos para ayudar a los necesitados y contrajo grandes deudas. Lleg\u00f3 al extremo de transformar en vestidos para los pobres, los toldos y doseles de colores que sol\u00edan colgarse desde el palacio episcopal hasta la catedral, durante las precesiones. Se coloc\u00f3 a los enfermos en las casas vac\u00edas de las afueras de la ciudad y en refugios improvisados; los sacerdotes organizaron cuerpos de ayudantes laicos, y se erigieron altares en las en las calles para que los enfermos pudiesen asistir a misa desde las ventanas. Pero el arzobispo no se content\u00f3 con orar, hacer penitencia, organizar y distribuir, sino que asisti\u00f3 personalmente a los enfermos, a los moribundos y acudi\u00f3 en socorro de los necesitados. Los altibajos de la peste duraron desde el verano de 1576 hasta principios de 1578. Ni siquiera en ese per\u00edodo dejaron los magistrados de Mil\u00e1n de hacer intentos para poner en mal a San Carlos con el Papa. Tal vez algunas de sus quejas no eran del todo infundadas, pero todas ellas revelaban, en el fondo, la ineficacia y estupidez de quienes las presentaban. Cuando termin\u00f3 la epidemia, San Carlos decidi\u00f3 reorganizar el cap\u00edtulo de la catedral sobre la base de la vida com\u00fan. Los can\u00f3nigos se opusieron y el santo determin\u00f3 entonces fundar sus oblatos.<\/p>\n<p>En la primavera de 1580, hosped\u00f3 durante una semana a una docena de j\u00f3venes ingleses que iban de paso hacia la misi\u00f3n de Inglaterra y uno de ellos predic\u00f3 ante \u00e9l: era el Beato Rodolfo Sherwin, quien un a\u00f1o y medio m\u00e1s tarde hab\u00eda de morir por la fe en Londres. Poco despu\u00e9s, San Carlos le dio la primera comuni\u00f3n a Luis Gonzaga, que ten\u00eda entonces doce a\u00f1os. Por esa \u00e9poca viaj\u00f3 mucho y las penurias y fatigas empezaron a afectar su salud. Adem\u00e1s, hab\u00eda reducido las horas de sue\u00f1o y el Papa hubo de recomendarle que no llevase demasiado lejos el ayuno cuaresmal. A fines de 1583, San Carlos fue enviado a Suiza como visitador apost\u00f3lico y en Grisons tuvo que enfrentarse no s\u00f3lo contra los protestantes, sino tambi\u00e9n contra un movimiento de brujas y hechiceros. En Roveredo, el pueblo acus\u00f3 al p\u00e1rroco de practicar la magia y el santo se vio obligado a degradarle y entregarle al brazo secular. No se avergonzaba de discutir pacientemente sobre puntos teol\u00f3gicos con las campesinas protestantes de la regi\u00f3n y, en cierta ocasi\u00f3n, hizo esperar a su comitiva hasta que consigui\u00f3 hacer aprender el Padrenuestro y el Avemar\u00eda a un ignorante pastorcito. Habi\u00e9ndose enterado de que el duque Carlos de Saboya hab\u00eda ca\u00eddo enfermo en Vercelli, fue a verle inmediatamente y le encontr\u00f3 agonizante. Pero, en cuanto entr\u00f3 en la habitaci\u00f3n del duque, \u00e9ste exclam\u00f3: &#8220;\u00a1Estoy curado!&#8221; El santo le dio la comuni\u00f3n al d\u00eda siguiente. Carlos de Saboya pens\u00f3 siempre que hab\u00eda recobrado la salud gracias a las oraciones de San Carlos y, despu\u00e9s de la muerte de \u00e9ste, mand\u00f3 colgar en su sepulcro una l\u00e1mpara de plata.<\/p>\n<p>En el a\u00f1o de 1584, decay\u00f3 m\u00e1s la salud del santo. Despu\u00e9s de fundar en Mil\u00e1n una casa de convalecencia, San Carlos parti\u00f3 en octubre, a Monte Varallo para hacer su retiro anual, acompa\u00f1ado por el P. Adorno, S. J. Antes de partir, hab\u00eda predicho a varias personas que le quedaba ya poco tiempo de vida. En efecto, el 24 de octubre se sinti\u00f3 enfermo y, el 29 del mismo mes, parti\u00f3 de regreso a Mil\u00e1n, a donde lleg\u00f3 el d\u00eda de los fieles difuntos. La v\u00edspera hab\u00eda celebrado su \u00faltima misa en Arona, su ciudad natal. Una vez en el lecho, pidi\u00f3 los \u00faltimos sacramentos &#8220;inmediatamente&#8221; y los recibi\u00f3 de manos del arcipreste de su catedral.<\/p>\n<p>Al principio de la noche del 3 al 4 de noviembre, muri\u00f3 apaciblemente, mientras pronunciaba las palabras &#8220;Ecce venio&#8221;. No ten\u00eda m\u00e1s que cuarenta y seis a\u00f1os de edad. La devoci\u00f3n al santo cardenal se propag\u00f3 r\u00e1pidamente. En 1601, el cardenal Baronio, quien le llam\u00f3 &#8220;un segundo Ambrosio&#8221;, mand\u00f3 al clero de Mil\u00e1n una orden de Clemente VIII para que, en el aniversario de la muerte del arzobispo, no celebrasen misa de requiem, sino una misa solemne.<\/p>\n<p>San Carlos fue oficialmente canonizado por Paulo V el 1ro de noviembre de 1610.<\/p>\n<p><strong>fuente:<\/strong>\u00a0\u00abVidas de los santos de A. Butler\u00bb, Herbert Thurston, SI<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/files.evangelizo.org\/images\/artists\/B\/Borgianni_Orazio\/large\/BORGIANNI_Orazio_St_Carlo_Borromeo.jpg\" \/><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hoy, 4 de noviembre, celebramos la memoria de San Carlos Borromeo, patrono de los catequistas.&hellip;<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":64509,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"content-type":"","_lmt_disableupdate":"","_lmt_disable":"","footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-64508","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-uncategorized"],"jetpack_featured_media_url":"","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/64508","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=64508"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/64508\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=64508"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=64508"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/diariocatolico.org\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=64508"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}