La Eucaristía: fuente de la vida cristiana

Nuestro saludo a Mons. Benito Ángeles, obispo auxiliar emérito de la Arquidiócesis de Santo Domingo

A los vicarios Adjuntos del Distrito Nacional, a los Arcipreste

A los diáconos permanentes, a las religiosas

Un saludo especial a cada uno de ustedes hermanos y hermanos, que han venido de las diferentes parroquias

A los que nos siguen por los diferentes medios de comunicación.

Estimados hermanos y hermanas,

Celebramos hoy la fiesta del Corpus Christi. Se trata de una de esas fiestas enraizadas en el calendario litúrgico y en el corazón del pueblo cristiano. Para los creyentes la Solemnidad del Corpus Christi significa la invitación a contemplar y celebrar el gran don de la presencia real de Cristo vivo entre nosotros, en su Cuerpo entregado y en su Sangre derramada para la vida del mundo. De manera muy especial, es una llamada a entrar en el misterio de la Eucaristía para configurarnos paulatinamente con él. Este día del Corpus Christi ha de ayudarnos a tomar conciencia de la riqueza que conlleva la presencia real de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía y nuestra participación en ella. La fiesta de Corpus Christi que estamos celebrando nos invita a reflexionar con gratitud sobre este gran misterio.

Aunque la Iglesia celebra el misterio de la institución de la eucaristía el Jueves Santos, dado que la eucaristía es «fuente y cima de toda la vida cristiana». (SC 10), ha querido consagrarle un día más de fiesta. Concluidas las fiestas pascuales, nos invita hoy a adorar el misterio del Cuerpo y Sangre de Cristo y a dar gracias por el don extraordinario de Jesús con su presencia real en este Santísimo sacramento. La fiesta de Corpus Christi es una oportunidad especial para reavivar nuestra fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía.

En la primera lectura tomada del libro del Deuteronomio, Dios lleva a su pueblo al desierto para que experimente en la travesía de su peregrinar que las cosas materiales por la que tanto se quejaba en el camino, como sucede hoy en muchas personas, no son fundamentales para vivir en la plena libertad que, además, hay que aprender a confiar en la providencia divina. Estas palabras del Deuteronomio hacen referencia a la historia de Israel, que Dios hizo salir de Egipto, de la condición de esclavitud, y durante cuarenta años guio por el desierto hacia la tierra prometida, superando el cansancio, el hambre y la sed.

El pueblo elegido, una vez establecido en la tierra, alcanzó cierta autonomía, un cierto bienestar, y se vio tentado a olvidar los tristes acontecimientos del pasado, superados gracias a la intervención de Dios y a su infinita bondad. Este acontecimiento nos invita a recordar todo el camino recorrido en el desierto, en medio de precariedades, quejas y desaliento. Dios actúa en nuestras vidas a través de los tiempos difíciles, como el desierto, no para hacernos sufrir, sino para formar nuestro carácter. Moisés recuerda al pueblo cómo el Señor los sustentó, los acompaño, los probó y les hizo entender que es el Dios verdadero que salva y libera.

Como el pueblo de Israel en el desierto, el hombre de nuestro tiempo, tiene en sí otra hambre, un hambre que no puede ser saciada con el alimento ordinario. Es hambre de vida, hambre de amor, hambre de paz, hambre de justicia. Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que existen muchas ofertas de alimentos que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos hermanos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. Pero el alimento que nos nutre verdaderamente y que nos sacia es sólo el que nos da el Señor. El alimento que nos ofrece el Señor es distinto de los demás, y tal vez, no nos parece tan gustoso como ciertas comidas que nos ofrece el mundo. Entonces soñamos con otras comidas, como los judíos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que esos alimentos los comían en la mesa de la esclavitud, de esa forma hay personas que prefieren ser esclavos de las drogas, el alcohol, los juegos, a disfrutar de la libertad en Cristo.

 

El maná, pan bajado del cielo, que sacia el hambre, que alimenta en el camino, es figura del pan eucarístico, alimento de la existencia. Jesús nos da este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo (cf. Jn 6, 51). Su Cuerpo es el verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es la verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual se sacia nuestro cuerpo, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la esencia de este pan es el Amor.

Así como el pueblo pasó hambre en el desierto, también padeció de sed, pero Dios en su infinita bondad le proporcionó agua, La sed en la Biblia representa un anhelo profundo por algo más que la satisfacción física. Es un anhelo por Dios, por la verdad, la justicia y la paz. Es un vacío que solo Dios puede llenar. La persona humana tiene en sus entrañas esa sed de infinito que nada ni nadie humano o material puede saciar. Este es drama de la sed de Dios y la sed del ser humano. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él, como nos dice San Agustín. Necesitamos un Alimento y una Bebida de vida eterna que nos sostenga en el camino. La humanidad tiene sed de amor, de alegría, de una vida digna en un mundo más humano. Y para saciar esta sed, el agua de las cosas mundanas no sirve, porque se trata de una sed más profunda, que sólo Dios puede satisfacer.

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda que el cáliz y el pan eucarístico nos pone en comunión intima con el Señor, la cual efectúa a su vez, la unidad de los cristianos entre sí, formando un solo cuerpo al participar de un solo pan. La comunión entre los cristianos debe notarse en la solidaridad con los más necesitados, en el amor al prójimo, en la fraternidad con los hermanos. Quienes se alimentan de la Eucaristía con adecuada disposición, refuerzan su deseo de fraternidad, su sentido social y su compromiso con los necesitados.

La presencia de Dios es tan humilde, escondida en la eucaristía, que para ser reconocida se necesita de un corazón preparado, despierto y acogedor. En la Eucaristía contemplamos y adoramos al Dios del amor. Es el Señor, que no quebranta a nadie, sino que se parte a sí mismo. Es el Señor, que no exige sacrificios, sino que se sacrifica él mismo. Es el Señor, que no pide nada, sino que entrega todo. Para celebrar y vivir la Eucaristía, también nosotros estamos llamados a vivir este amor. Porque no podemos recibir el Pan eucarístico si nuestros corazones están cerrados a los hermanos. No podemos comer de este Pan si no compartimos los sufrimientos del que está pasando necesidad. La Eucaristías transforman el mundo en la medida en que nosotros nos dejamos transformar y nos convertimos en pan partido para los demás.

En el evangelio de Juan que hemos escuchado, Jesús afirma que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. Aquí Jesús revela la plenitud del misterio eucarístico al identificarse a sí mismo como el pan vivo bajado del cielo. A diferencia del maná que solo sostenía la vida de forma temporal, en cambio la carne y la sangre que ofrece Jesús nos da vida y vida eterna. La Eucaristía es el sacramento que más profundamente influye en la comunidad eclesial, pero a la vez, este sacramento va construyendo a la misma iglesia, comprometiéndola en la misión de la salvación de toda la humanidad, significando y realizando la unidad de la Iglesia. Por tanto, no hay iglesia sin Eucaristía ni hay Eucaristía sin iglesia.

La celebración de la Eucaristía tiene fuertes consecuencias para el compromiso social de nuestra fe. La Eucaristía, celebrada en comunidad, nos enseña acerca de la dignidad humana, nos llama a tener una relación recta con Dios, con la naturaleza, con nosotros mismos y con los demás, nos invita a la comunión y a la solidaridad y nos envía en misión a ayudar y transformar nuestras comunidades y al mundo entero. La Eucaristía “no debilita, más bien, estimula nuestro sentido de responsabilidad en la comunidad.

Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. La Eucaristía nos desafía a reconocer y confrontar las estructuras del mal. Es urgente trabajar por la paz en las familias, los barrios y las comunidades; defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural, afrontar la violencia social e intrafamiliar que tanto mal están causando a la familia, principal institución de la sociedad; los feminicidios, un mal que parece indetenible y que tanto daño provocado a tantas familias; la trata personas, afectando la dignidad de tantas personas; el narcotráfico y el alto consumo de drogas, que termina con la vida y el futuro de tantos jóvenes; la corrupción, la impunidad, la manipulación en la administración de la justicia, el uso indiscriminados de los recursos naturales y daño al medio ambiente, la equidad en la distribución de los bienes, la carencia de la solidaridad y todas las demás degradaciones sistemáticas de la vida o en contra de la dignidad humana.

Pero los hombres y mujeres de comunión permanente y adoración son un signo de esperanza en la vida cristiana. La Eucaristía actúa como renovación interior de la persona, dirigida a cambiar las estructuras de pecado en las que los individuos, las comunidades, y a veces pueblos enteros, están sumergidos. Nuestra «comunión entre hermanos y hermanas en la Eucaristía debe provocar en nosotros la voluntad de transformar también las estructuras injustas para restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

La Eucaristía es el mayor regalo que Cristo ha dejado a su Iglesia: su presencia real, su Cuerpo entregado, su Sangre derramada. En cada Misa, el Señor se hace presente de manera sacramental para alimentar el alma del creyente y fortalecerlo en el camino de la santidad. Pero este manantial de gracia no ha sido dado para una sola ocasión o para momentos excepcionales. La Iglesia, desde sus orígenes, ha animado a los fieles a participar frecuentemente, incluso diariamente, del Banquete Eucarístico. Los santos de todos los tiempos han reconocido la importancia de comulgar con frecuencia. Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, escribía con pasión en El Camino de Perfección: “No hay mejor remedio que acercarse muchas veces a este Señor. Bienaventurada el alma que se acostumbra a tratar con Él, tan amorosamente presente en el Santísimo Sacramento”.

Finalmente, quiero motivar a mis hermanos sacerdotes a crear espacio de adoración en cada una de las parroquias, para que los fieles pueden tener un encuentro personal con Cristo en la eucaristía.

Quiero animar aquellos y aquellas, que se han alejado de la comunión, para que traten de volver a recibir la comunión, los bautizados necesitamos de ese alimento espiritual que nos ofrece el Señor, no perdamos la oportunidad de alimentarnos con el pan de vida eterna.

¡Viva Jesús Sacramentado! ¡Viva y de todos sea amado!

 

 

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