Invitados, invitadas especiales, hermanos y hermanas. Hoy nos reunimos para dar gracias a Dios por la celebración de los 528 años de la fundación de la ciudad de Santo Domingo. Es motivo de regocijo celebrar este gran acontecimiento que marcó el inicio de una historia cargada de grandes acontecimientos y a la vez dando lugar a una nueva cultura, a pesar de los errores cometidos al inicio de la fundación de la ciudad, los cuales son parte de nuestra historia, pese a todo esto, hay que reconocer la genialidad y la visión de futuro que tuvieron los gobernadores de aquel tiempo y el valor de los primeros misioneros que pusieron su atención en la dignidad de la persona humana, la educación y la fe.
Al aproximarnos a la palabra de Dios que hemos escuchado, nos sirve de telón de fondo en esta celebración. El profeta Isaías, en forma poética, pronuncia esta metáfora. Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae la buena noticia.
Él se refiere a aquellos mensajeros que traen buenas noticias y anuncian la paz, el bien y la salvación. Además, resalta la importancia de la labor de los mensajeros que llevan la noticia de la liberación y el consuelo a aquellos que han estado en sufrimiento. El hecho de que se mencionen las palabras paz, bien y salvación enfatiza que el mensaje que se proclama es de gran importancia y beneficio para el pueblo, como aquellos misioneros que llegaron a la isla con un mensaje de fe, esperanza y justicia.
En el texto del Evangelio de Mateo que hemos escuchado, encontramos una poderosa declaración de Jesús que resuena profundamente en la vida de los creyentes. Ustedes son la sal de la tierra, pero si la sal pierde su sabor, no sirve para nada. Este versículo es significativo porque nos recuerda la importancia de nuestra influencia y testimonio en el mundo.
La sal en la antigüedad no sólo se utilizaba para sazonar los alimentos, sino también para conservar y evitar la descomposición. Así Jesús nos llama a ser agentes de cambio positivo en un mundo que a menudo enfrenta desafíos morales y espirituales. En tiempos de necesidad, este versículo nos anima a permanecer firmes en nuestra fe y en el ejercer nuestra influencia positiva en la sociedad.
Además, la sal también da sabor. Así como la sal mejora los alimentos, los creyentes deben mejorar la calidad de vida en su entorno, siendo un reflejo del amor y la gracia de Dios. Nos recuerda que si los cristianos pierden su sabor o su efectividad, no tendrán ninguna incidencia en la sociedad.
Este versículo es un llamado a mantener nuestra fe viva y activa en el mundo y a recordar que nuestro papel es fundamental en la obra de Dios. Estas palabras nos invitan a conservar los valores que dieron origen a nuestra cultura, amando lo que somos como nación y sintiéndonos orgullosos de nuestros orígenes. La vida cristiana no es sólo una cuestión de fe personal, sino también de cómo esa fe se manifiesta en el mundo.
Es un recordatorio de que en tiempos difíciles podemos ser portadores de esperanza y de luz. En un contexto donde muchas personas se sienten perdidas o desalentadas, el llamado de Jesús es hacer sal de sal y convertirlo también en luz de este mundo y una oportunidad también para vivir nuestra fe de una manera auténtica y transformadora. Ahora quiero hacer una aproximación al valor histórico de la ciudad de Santo Domingo.
No pretendo hacer historia, reitero, un acercamiento. Cuando se pregunta por el origen de la ciudad de Santo Domingo, la respuesta habitual apela a la fecha, al fundador, al lugar exacto del primer asentamiento junto al río Ozama. Todo eso es necesario y legítimo.
Pero hay una pregunta más profunda que rara vez se formula con la misma insistencia. ¿Desde qué visión se fundó la ciudad de Santo Domingo? Porque ninguna ciudad nace de la nada, ni del puro cálculo militar o comercial. Toda ciudad, enseñó San Agustín en aquel momento, nace hace 16 siglos.
Es la forma visible de un amor, de un modo de entender el ser humano, la autoridad y el destino último de las cosas. El postulado que aquí se propone puede formularse con sencillez. Santo Domingo no fue solamente la primera ciudad europea permanente del Nuevo Mundo.
Fue la primera ciudad americana concebida al menos en su intención fundacional. Desde una cosmovisión cristiana integral, su trazado, sus instituciones, su plaza mayor, su universidad y hasta el nombre que lleva, no respondieron únicamente a criterios administrativos o militares, sino a una determinada comprensión de Dios, de la persona humana y de la comunidad política. Se trata de un principio que no pretende idealizar la conquista, cuyas sombras fueron reales y profundas, sino de leer cómo, con honestidad, la historia y con ojos de fe, el sustento espiritual que subyace bajo las piedras de la ciudad colonial.
Celebramos hoy 528 años de la fundación de esta ciudad de Santo Domingo, nombre que le fue puesto a la ciudad colonial por Bartolomé Colón en memoria de su padre y porque la fundación de la ciudad se celebró en el día de Santo Domingo, ya que al ponerle a una fundación el nombre de un santo y no de un monarca ni de un accidente geográfico, es un acto de consagración, como se entendió al ponerle el nombre a la isla. Aunque la ciudad se denominó inicialmente Nueva Isabela, posteriormente se llamó Santo Domingo de Guzmán, en honor al santo de la fundación. Para diferenciar de la Isabela, la primera ciudad de tipo europeo que emprendió Cristóbal Colón a partir de su segundo viaje al norte de la isla desde sus inicios.
La Nueva Isabela o Santo Domingo se convirtió en el lugar estratégico donde se construyeron la primera catedral, el primer hospital, la primera universidad y la primera aduana del continente americano. Todo habla de comienzos, de raíces, de primacía. Al igual que muchas ciudades hispanoamericanas, Santo Domingo fue construido de acuerdo con el modelo de las ciudades hispanoamericanas que siguieron casi todos los urbanistas del Nuevo Mundo.
Fue a comienzos del siglo XVI cuando los nuevos habitantes de la zona, los colonos llegaron a España, comenzaron a levantar las primeras viviendas fruto de la necesidad de buscar un alojamiento similar al que tenían en Europa por entonces. Este primer poblado se conoció con el nombre de la Isabela. Lamentablemente, el hambre y las enfermedades hicieron que disminuyera la población.
Además, varios huracanes golpearon el asentamiento, lo que hizo que los primeros años no fueran precisamente de esplendor y prácticamente desaparecieran en el año 1496. Luego, fue trasladada por el gobernador Nicolás de Ovando al sitio donde se encuentra hoy, Santo Domingo de Guzmán, fue la segunda ciudad fundada por los colonizadores españoles. En menos de una década, construyeron numerosos edificios, iglesias, casas familiares y dependencias oficiales.
Levantó la iglesia de San Nicolás de Bari, la primera en piedra, y el hospital Anexo. También fundó la Casa de la Moneda y levantó la Torre del Homenaje. Los frailes dominicos que llegaron a la isla trajeron el nombre de su fundador y también su estilo.
Fundaron conventos, predicaron, promovieron estudios y defendieron a los más débiles. Esa herencia todavía permanece en muchos de nosotros. Celebrar al Santo Patrono de la ciudad es renovar el compromiso de vivir la fe con radicalidad evangélica que él vivió.
Junto con los padres dominicos vino la educación, quienes fundaron la primera universidad del continente, la Universidad de Santo Domingo. Nacida del esfuerzo intelectual y misionero de los frailes, esta casa de estudio fue semillero de saberes humanos, pero también guía de formación cristiana de quienes orientarían el futuro de la isla. Desde sus aulas se impartía una visión cristiana del mundo, una comprensión del ser humano a la luz del Evangelio, una ética que busca humanizar los procesos de colonización.
Allí se discutieron los hechos de los pueblos originarios, la dignidad de la persona humana y se cultivó la ciencia y la razón. La ciudad fundada bajo el patrocinio de Santo Domingo de Guzmán padre de la orden de los dominicos, llamados a predicar la verdad con claridad y firmeza. La ciudad recibió desde el principio una orientación clara, ser un estandarte de fe, cultura, predicación y misericordia en medio del naciente mundo americano.
La herencia dominicana en el sentido espiritual y carismático del fundador marcó el rostro de la ciudad desde sus primeros días una fe profundamente doctrinal, atenta a las realidades sociales con vocación de formar conciencia y estructura. Con la celebración de la fiesta litúrgica de Santo Domingo de Guzmán que acabamos de celebrar y un aniversario más de la fundación de la ciudad debemos sentirnos llamados a custodiar y actualizar esta vocación original. La primacía de Santo Domingo no debe dominarse, no deben dormirse en la nostalgia, deben convertirse en impulso para seguir siendo una iglesia salida con la sabiduría de la tradición y la audacia del primer anuncio.
Esta ciudad bajo el amparo de su santo patrón está llamada a un ser madre, cátedra y taller de evangelización en nuestro mundo moderno. Santo Domingo fue en su origen mucho más que un asentamiento estratégico junto al río Osama. Fue el intento de fundar una ciudad desde una cosmovisión cristiana integral en la que los trazos urbanos, la vida política, la educación y la fe formaran un tejido social.
De esta ciudad partieron hacia el resto del continente tanto los conquistadores como los primeros misioneros, los primeros maestros y las primeras denuncias proféticas en favor de la dignidad humana. De ella nació también la primera universidad de América como ya hemos señalado y en ella se libró desde muy temprano la disputa entre distintas maneras de entender a Dios y al hombre. Proteger hoy la ciudad colonial no puede reducirse por tanto a conservar fachadas y monumentos.
Significa custodiar una memoria en la que confluyen fe, cultura, educación, derecho y pensamiento. Una memoria que sigue interpelando a los dominicanos de este siglo llamados como los estuvieron Ovando, los primeros frailes y el propio Montesino. Cada uno a su manera a construir una ciudad donde la dignidad humana, el bien común y la solidaridad continúen siendo los principios que impiden la vida social.
Este y no otro es el patrimonio más importante que Santo Domingo recibió de su fundación. No podemos quedarnos en simples celebraciones. Hay que retomar los valores que nos dieron origen como pueblo y recuperar esa herencia que nos dio la identidad ya que se promueven ideologías que confunden y fragmentan la sociedad.
Es necesario que recuperemos los espacios de fe y la razón puedan dialogar con profundidad. Cuidemos y valoremos la vida social y la vida humana. Y el trabajo de los padres es la ley, es la ley.