Saludo al Padre Sandy Fernández, Superior Regional de la Congregación, al Padre Francisco Javier Mena, Párroco de esta parroquia.
Y así, mi saludo para los hermanos sacerdotes quienes concelebran con un servidor este acontecimiento. Les saludo a cada uno y a cada una de ustedes, hermanos y hermanas. Y a todas las personas que nos están siguiendo a través de nuestro canal de televisión Televida y de la plataforma de esta parroquia.
Y sé que hay muchas personas al tanto pendientes de esta celebración, algunos que han querido, algunas que han querido estar aquí en esta tarde, pero por alguna razón u otra quizás no han tenido la oportunidad. Y desde acá nuestro saludo a cada uno de sus hermanos y hermanas. Y queremos, como ya decía al principio, expresar nuestro agradecimiento en nombre de nuestra arquidiócesis a la comunidad carmelita, los sacerdotes carmelitas de Escarzo que trabajan en esta arquidiócesis por el trabajo, el servicio y el aporte que han hecho a esta arquidiócesis de Santo Domingo.
Y a nuestra iglesia dominicana, en estos 75 años de servicio, de aporte, evangelización, entrega a nuestra iglesia. Y sé que ustedes, todos los que están aquí, los que nos miran, se sienten muy agradecidos y agradecidas porque de alguna u otra manera han sido beneficiados, lo digo de esa manera. Con los consejos, orientaciones, testimonio, enseñanza de tantos sacerdotes que han pasado por aquí, por esta parroquia y otras parroquias en el país, y el servicio que han hecho a través de su vida, a través de la comunidad, a través de sus enseñanzas.
Y sé que si pregunto a cada uno de ustedes me dirán, yo me siento muy agradecido del padre fulano. Y el padre fulano para mí fue tal cosa y el padre fulano y pasaríamos la tarde entera y quizá quien sabe, escuchando muchos testimonios de sacerdotes que dejaron su tierra por allá en España y otros lugares y vinieron aquí a entregarse, a darse y dejaron sembrada la semilla de la fe, del evangelio y del amor de Dios en muchos corazones.
Por eso, en nuestro agradecimiento, hacemos memoria de todas esas personas que ya escuchamos en el principio de la celebración, como se mencionaban muchos nombres, que yo sé que muchos de ustedes recordaron rápidamente cuando mencionaban esos nombres, fulano, fulano, fulano, que pasaron y fueron dejando huellas entre ustedes.
Con su testimonio de vida y su entrega generosa a esta iglesia y a todo este pueblo de Dios. Los recordamos pero también oramos por ellos. Pedimos a Dios por su descanso eterno. Que Dios premie todo el servicio, la dedicación, la entrega y el amor a esta iglesia. Que Dios premie con la vida eterna. Y pedimos por los que están carentes de salud, algunos ya están debilitándose en la salud, los años van llegando. Vamos a pedir también por la salud de todos los frailes, de todos los sacerdotes carmelitas descalzos. Y también, naturalmente, pedir por las vocaciones. Tenemos que seguir orando para que se usan muchas vocaciones a este estilo de vida para continuar esta obra.
que el Señor ha inspirado en tantos hombres y mujeres para servir a nuestra iglesia y servir a nuestro pueblo. En estos 75 años de presencia de los Carmelita Descarso en nuestra iglesia y en esta arquidiócesis, debemos pensar en todo el beneficio, el bien, todo el aporte que han hecho, como ya he señalado.
Pero tenemos que mirar. Lo que implicó especialmente para los fundadores, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, que decidieron seguir de manera radical al Señor. Y para seguir al Señor entonces hay cosas que hay que tener muy en cuenta y que ellos supieron entender y asumir y que traspasaron a los continuadores de esta obra.
Y mirando la palabra de Dios y deteniéndonos en la palabra de Dios que hemos escuchado, hay tres palabras que considero que estos hombres y mujeres y los que han ido viviendo esta espiritualidad han asumido. Primera expresión que es el coraje. Como hemos escuchado en la primera lectura del profeta Isaías, no tenga miedo. Y el coraje.
con que asumieron y vivieron la misión, especialmente Santa Teresa, San Juan de la Cruz, que le tocó vivir momentos difíciles. Y uno se podría quedar solamente en la parte mística, muy bonito, pero la otra parte, el coraje que hay que tener para asumir con firmeza. Un proyecto, una misión como lo asumieron ellos y así otros y otras lo siguieron asumiendo en el camino porque entendían que para seguir al Señor había que hacerlo con coraje, con valentía. Y eso es fundamental para poder evangelizar, para poder llevar el mensaje de Dios que parece muy simple y muy sencillo. Pero para asumir, para encarnar, para vivir, para comunicar el mensaje de Dios, la palabra, el reino de Dios, debe haber coraje. No sencillamente con la piedad o con la caridad, que es muy bonito y hay que hacerlo, pero para hacerlo debe haber mucho coraje.
Y podríamos pensar en los primeros que vinieron al país en un momento difícil de una dictadura y con muchas limitaciones. llegar al país, llegar a una parroquia, a una comunidad, a enfrentar situaciones. Hay que sentir la fuerza de Dios para poder echar delante un proyecto, una misión, que con las debilidades y las fragilidades humanas parecen imposibles.
Pero el Señor entonces da la fuerza para hacerlo. El Señor da la valentía cuando hay una fe firme y cuando hay un gran convencimiento y una vocación bien definida de lo que se quiere. Y por eso el coraje, la valentía para asumir el compromiso y para vivir entonces la espiritualidad que esta comunidad ha venido transmitiendo a lo largo de los años y del tiempo.
Y para hablar de espiritualidad y vivir una espiritualidad, una mística, un estilo de vida, una filosofía, no se hace sencillamente con una buena voluntad. Hay que luchar contra muchos obstáculos, contra prejuicios, contra ideologías, contra criterios humanos, para poder vivir una espiritualidad y poder transmitirla.
Y hay que tener valor para perseverar, para permanecer firme, insistiendo constantemente en lo que uno cree, de lo que uno ha vivido o transmitir lo que uno ha sentido. Y así sé que muchos de los sacerdotes que han venido a este país han tenido que luchar tenazmente para transmitir la espiritualidad y para vivir este estilo de vida en la comunidad.
fácilmente se deja uno vencer por los obstáculos de la vida, por las tentaciones y las superficialidades de la sociedad. Para eso hay que tener mucho valor. Y nosotros mismos, ustedes también, desde la espiritualidad, como laicos, laicas, vivir la espiritualidad que ustedes han recibido, hay que tener también mucho coraje, porque si no, lo desaniman, usted se desanima y cae fácilmente.
en el desencanto, el desaliento y abandona. Para cultivar, vivir una vida espiritual, reitero, se necesita mucho valor, mucho convencimiento, mucha determinación y mucho deseo de vivir lo que uno ha recibido. Por eso hay que luchar por ese tesoro que se ha recibido, hay que defenderlo, no se descuide.
Y así como Santa Teresa, San Juan de la Cruz y tantos frailes que han luchado muchísimo por transmitir la fe, transmitir la espiritualidad, la vivencia de vida, ustedes también sigan y sigamos todos haciendo lo mismo. Porque si nos acobardamos en este mundo, nos aplastan. Y este mundo necesita de gente valiente que proclame a Cristo y que hable de Cristo con coraje, con firmeza, con seguridad para poder.
hacer que el reino de Dios se haga presente. Por eso, es uno de los elementos que destaca en la palabra y sobre todo en la exigencia que hace el Señor para seguirlo. Nos exige coraje, nos exige valentía. 75 años luchando, sirviendo, trabajando de manera tenaz. Pero también nos dice la palabra, la segunda parte, la segunda carta de Pablo que hemos escuchado, que nos habla Pablo en esta carta, en este texto, de que no podemos y es imposible seguir al Señor con la simple inteligencia o capacidad humana.
Podríamos ser muy inteligente y muy capaz y tener muchas habilidades humanas, pero eso es puramente humano, lo puramente humano. Y quizás en nuestra sociedad, en nuestro ambiente, se ha ido dando mucho valor a la simple capacidad humana o la autosuficiencia humana donde queremos resolver todo sin que Dios participe.
Por eso la espiritualidad y de ahí que Santa Teresa, San Juan de la Cruz pusieron su mirada puesta pusieron su mirada en Dios, colocaron su mirada en lo divino y ambos lucharon y trabajaron para cultivar entonces la vida interior y de ahí entonces la importancia de cultivar el alma, de entrar en esa parte tan importante del ser humano que nos lleva a sintonizar con lo divino y entrar en esa relación con lo divino y por eso ese aporte.
A la espiritualidad nuestra de entrar en ese mundo interior. O en ese castillo interior como dice Santa Teresa de Jesús. O atravesar esa noche oscura para cultivar una vida espiritual. Pero debe ser iluminado y guiado por la sabiduría divina. La sabiduría divina. No solamente una inteligencia artificial como se presenta hoy.
Que quieren dominarlo todo y tener todos los conocimientos. Pero un hombre vacío, un ser humano vacío. Y mucha gente vacía. Y esa vaciedad entre nosotros y nuestra sociedad es una gran miseria. Debemos seguir cultivando esa interioridad del alma, del espíritu, del ser humano que necesita crecer. Nos estamos empequeñeciendo cada vez más.
Aparentemente crecemos. en poder, en riqueza y en cosas materiales, pero espiritualmente nos estamos empequeñeciendo, nos estamos empobreciendo. Hay que redescubrir esta espiritualidad y sobre todo el aporte que se ha venido haciendo en estos 75 años de los carmelitas entre nosotros y sobre todo ofreciéndonos, ofertándonos.
Un estilo de vida, una forma de vivir la fe, una manera de relacionarnos con Dios para seguir creciendo. Y debemos aprovechar eso. A los jóvenes, a los adolescentes, a los adultos. Y aquel que ha tenido la experiencia, ha vivido la experiencia de ese encuentro con Cristo, de esa sabiduría divina. tratar de comunicarlo y transmitirlo y de enamorar a los demás también desde esta experiencia.
Por eso Pablo nos dice, no nos dejemos llevar solamente de lo puramente humano, el Espíritu con su sabiduría es que nos va guiando. Y así muchos y muchas lo han llegado a entender y han llegado a descubrir. Esa presencia divina de Dios que nos da esa sabiduría para saber vivir y descubrir las cosas importantes de la vida.
Guiados por esa fuerza divina y por esa sabiduría divina. Y de ahí que debemos celebrar y agradecer el aporte a esa espiritualidad que tanto enriquece y nos enriquece a nosotros. Aunque los años pasen, aunque el tiempo haya pasado, pero el ser humano necesita de esa relación con Dios y de cultivar una vida espiritual.
Y esta es una herencia que debemos aprovechar y valorar para fortalecer la espiritualidad entre nosotros y como sociedad. Y finalmente, el requisito, el llamado también, para poder seguir al Señor y que entendieron tanto, Santa Teresa y San Juan de la Cruz, eso es lo que nos señala el Evangelio que hemos escuchado.
Para seguir a Cristo, el conocimiento de Cristo implica seguimiento, seguirlo y nos invita a seguirlo. Y ese seguimiento, esa misión a la que todos estamos llamados, entonces nos compromete. San Juan y Santa Teresa lo entendieron. Se convirtieron en seguidores fieles, leales del Señor. Se enamoraron plenamente del Señor.
Se entusiasmaron y ese enamoramiento fue tan profundo que llegaron a un nivel de vida, de encuentro tan grande que se asimilaron con esa relación divina con el Señor. Ese encuentro estrecho, cercano con lo divino. Pero no solamente el encuentro con lo divino en su vida mística, sino también el encuentro con los otros.
Y por eso formar la comunidad, formar la congregación, que todos sean unos, sean uno. Reunir, formar esa relación con lo humano y lo divino. Y esa relación de lo humano y lo divino es fundamental hoy para nosotros. No pasa de moda esa comunión. Y por eso cuando hablamos de sinodalidad hoy en nuestra iglesia, hablamos de esa comunión, una comunidad, una iglesia en comunión, una relación estrecha entre nosotros.
Pero lamentablemente el individualismo ha ido mellando poco a poco la relación entre nosotros. Cada uno quiere hacer su mundo y nos metemos en nuestro mundo. Un individualismo que ha ido debilitando el crecimiento humano. Porque cada quien quiere hacer lo que le plaza. Y no nos ayudamos mutuamente. La comunión nos fortalece.
Pero una comunión en Cristo. No una comunión vacía. Una comunión en Cristo. Por eso en estos 75 años de la presencia de los carmelitas descalzos entre nosotros, es el signo de la comunión. A través de la educación, del acompañamiento a la comunidad, del servicio pastoral que se brinda. Es caminar con la comunidad y estar con la comunidad.
Y eso es una riqueza. ¿Cuántos beneficios se han recibido a través de la educación, como una comunidad de acompañamiento a los jóvenes, orientándoles y formándoles en la parroquia? ¿Cuántas personas aquí en esta parroquia y en las demás parroquias y comunidades han ido viviendo esa experiencia de la comunión? Del encuentro con el hermano y el encuentro con Cristo, estimulado y motivado por la comunidad.
Y ahí está la gran riqueza. Y no solamente mirar los años, sino los aportes, los signos, los gestos, la presencia de esta comunidad entre nosotros. Por eso debemos celebrar, celebrar el coraje de mucha gente que ha anunciado a Cristo. y ha comunicado a Cristo con su vida y lo siguen haciendo. Pero también ese amor a la sabiduría divina de encontrar a Dios en el espíritu, esa presencia grande de Dios, pero también dejándose guiar, dejándose conducir por la presencia del Señor, siendo un misionero, una misionera, haciendo comunidad y llevando a los hermanos y las hermanas al encuentro
con el Señor. Y de esta manera ser presente en el reino de Dios. Celebremos, agradezcamos a Dios por estos 75 años. Y que sea mucho más lo que podamos celebrar. Y que los frutos que a lo largo de estos años ha ido dando esta comunidad sigan creciendo entre nosotros. Felicidades a cada uno de ustedes y especialmente a los carmelitas descalzos por su presencia entre nosotros y por el aporte que han hecho a nuestra iglesia. Que así sea.